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Mi concierto de Julieta Venegas

Yanelys Nuñes Leyva

Julieta Venegas en el La Habana.

HAVANA TIMES — Luego de la inauguración de la segunda parte de la muestra Deporte, derecho de arte (de la cual hablaré en un próximo diario), unos amigos y yo nos aventuramos a asistir al teatro Nacional al concierto de Julieta Venegas.

Cantante mexicana que por estos días se encuentra en Cuba, apoyando el proyecto Todas contracorriente, que lucha a favor de la no violencia hacia mujeres y  niñas.

Aunque no contábamos con tickets de entrada, ni con mucho dinero para comprárselos a los revendedores (que siempre hay y siempre tienen), nos encaminamos al lugar, pues habíamos escuchado que se proyectaría el concierto en una pantalla para aquellos que por falta de capacidad del teatro, quedasen fuera.

Al llegar nos sorprendió que no hubiese una gran turba de gente esperando en la entrada, pues una actividad de este tipo siempre atrae a muchas personas.

No digo tampoco que estuviese vacío, (prueba de ello es que ni remotamente pudimos entrar al recinto), sino que no había la cantidad que imaginaba.

En poco tiempo de estancia en los alrededores del teatro se nos acercaron un total de 5 revendedores diferentes, para proponernos tickets a cinco cuc por persona, para ver a la Julietta en vivo; y a un cuc por observarla desde la pantalla.

Sí, porque para ver el recital desde la pantalla también había que pagar.

Como la segunda opción era la más asequible, algunos fuimos ingenuos y la aceptamos.  Ingenuidad que pagamos caro al percatarnos que aún en las taquillas estaban expendiendo boletos para el espacio de la proyección, a un precio módico.

Fin de la saga:

Disfrutamos tremendamente (aunque no con toda la emoción que presupone la visualización más directa) de una de las protagonistas del concierto, Rochy Ameneiro, quien nos deleitó con temas tan populares como Quisiera de Gerardo Alfonso y Tal vez de Juan Formell.

Momento de lujo fue también la presentación de Santiago Feliú, artista con el que una parte importante del público se sintió identificado. Algo de lo que me percaté al escuchar las eufóricas exclamaciones que acontecieron cada vez que concluía alguno de sus números.

Julietta Venegas llegó luego, con su limón y su sal; su delicada voz de infante y su mensaje de amor y paz.

Fue un buen espectáculo, por lo menos hasta donde lo pude ver pues debía de regresar sola a mi casa, y los ómnibus tienden a desaparecer con la cercanía de la medianoche.

Sin embargo, pienso se debió haber realizado en un espacio abierto para que todos los interesados pudiesen disfrutar de la mejor manera.


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