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Sin establecer analogías: La vejez en Cuba y el cine

Irina Pino

HAVANA TIMES — En la película Amour de Michael Hanecke, una pareja de octogenarios, antaño profesores de piano, gozan de una vida holgada, y comparten la ternura que queda de la antigua pasión. Hasta que un incidente terrible, les cambia la vida: la esposa sufre una parálisis, y poco a poco comienza su deterioro físico.

El esposo asume el cuidado absoluto, pasando por todo el sufrimiento que conlleva su degenerativa enfermedad. Su hija y otros familiares se mantienen apartados, inmersos en sus propios problemas.

Viendo este filme, me he puesto a reflexionar con el ejemplo de mis padres, también de la misma edad, en el supuesto descanso de sus años de trabajo (jubilación); y la comparación ha resultado absolutamente imposible.

Su historia es una pequeña historia que solo le interesa a sus familiares más próximos. Actualmente viven conmigo hace dos años, ya que su vivienda familiar, que pagaron centavo a centavo, fue demolida, por un derrumbe parcial.

Hasta el momento no le han dado ni siquiera una vivienda transitoria, ni hay una preocupación al respecto por parte de la organización del estado correspondiente. En una ocasión el médico de su consultorio, hizo una llamada con la promesa de venir a la casa para realizarles unos análisis de rutina, pero al final nunca apareció.

Ellos también han sufrido daños en su salud: mi padre tuvo una isquemia, y mi madre, una fractura de cadera; por lo que ahora ambos están completamente a mi cuidado. Mi esposo y mi hijo de trece años, me ayudan en la medida de sus posibilidades, pero yo debo asumir el mayor peso, por ser la hija.

Mis padres.

Ya no puedo trabajar donde solía hacerlo, ni tengo ayuda de enfermeras, ni asistentes, como en la película francesa, donde el anciano podía costear el cuidado de su esposa. Mis padres tienen una exigua pensión que apenas alcanza para comer. Y solo gracias a sus nietos que viven en el exterior y envían regularmente una remesa, pueden sobrevivir.

Además de haber perdido su casa, han perdido parte de su identidad. Sus costumbres han sufrido variaciones; ahora ellos son los recogidos, ahora ellos tienen que acatar las costumbres de otros. Lidiar con una generación más rebelde y egoísta.

Hay solo una única analogía entre los protagonistas de la película y mis padres: ellos han seguido amándose; juntos comparten cada instante del día; conversan, leen y miran la televisión.

Mi padre la ayuda a levantarse, le seca los pies después del baño. Mi madre lo peina y lava su ropa interior…, un amor que perdura en medio de las carencias y dificultades, que ya dura más de cuarenta años.

No hay mucha variación en su rutina, salvo alguna noticia de sus nietos, o rememorar todo lo que hubo antes de esta existencia de ahora: como observar una vieja foto, recién sacada del armario.

Y yo me pregunto: ¿por qué en ése ocaso donde la vida supuestamente debía recompensar, ellos han tenido que enfrentar tan duras pruebas?

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