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Crisis que sigue

Todavía Estados Unidos y gran parte del mundo sufren los embates de la peor crisis financiera económica del capitalismo desde la de los años 30, la cual provocó el cierre de más de mil bancos, el suicidio de muchos de sus directivos y la caída en la miseria de millones de personas, incluidas aquellas con posiciones privilegiadas. Algunos de los responsables fueron llevados a juicio por manejos ilegales.

Pero la actual, comenzada oficialmente el 15 de septiembre del 2008 con la bancarrota del banco de inversión Lehman Brothers, no mató ni llevó a juicio a los culpables, quienes enriquecieron más con los rescates financieros aprobados por el gobierno, mientras dejaba sin hogar y desempleados a un gran número de estadounidenses de la clase media.

La crisis financiera se desató de manera directa, debido al colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos en el 2006, que provocó aproximadamente en octubre del 2007, la llamada crisis de las hipotecas subprime. Las repercusiones de la crisis hipotecaria comenzaron a manifestarse de manera extremadamente grave desde inicios del 2008, contagiándose primero al sistema financiero estadounidense, y después al internacional, teniendo como consecuencia una profunda falta de liquidez.

Ello causó indirectamente otros fenómenos económicos, como una crisis alimentaria global, diferentes derrumbes bursátiles y, en conjunto, una económica a escala internacional.

La confluencia de otros eventos de particular nocividad para la economía estadounidense (subida de los precios del petróleo, aumento de la inflación, estancamiento del crédito), exageraron el pesimismo global sobre el futuro económico estadounidense, hasta el punto de que la Bolsa de Valores de Nueva York sucumbía diariamente a "rumores" financieros.

Muchos opinan que esto fue lo que precipitó la abrupta caída del banco de inversión Bear Stearns, que previamente no mostraba particulares signos de debilidad. Sin embargo, en marzo del 2008, en cuestión de días, fue liquidado en el mercado abierto y, posteriormente, en un acto sin precedentes, la Reserva Federal maniobró un "rescate" de la entidad, la cual terminó siendo vendida a precio de saldo a JP Morgan Chase. En fin, los millonarios en apuros fueron al final recompensados con creces.

Rápidamente, el impacto de las hipotecas de crisis provocó repercusiones más allá de Estados Unidos. Los bancos de inversión sufrieron pérdidas en todo el mundo. Las empresas empezaron a negarse a comprar bonos por valor de miles de millones de dólares, a causa de las condiciones del mercado. El Banco Federal de EE.UU. y el Banco Central Europeo trataron de reforzar los mercados con dinero, inyectando fondos disponibles a los bancos (préstamos en condiciones más favorables). Las tasas de interés también fueron cortadas, en un esfuerzo para alentar a los préstamos.

Sin embargo, a corto plazo, las ayudas no resolvieron la crisis de liquidez (falta de dinero disponible para los bancos), ya que los bancos seguían desconfiando, por lo que se negaron a otorgar préstamos unos a otros. La falta de crédito a los bancos, empresas y particulares acarreó amenaza de recesión, pérdida de empleos, quiebras y, por lo tanto, un aumento en el costo de la vida.

En el Reino Unido, el banco Northern Rock pidió un préstamo de emergencia para mantenerse, lo que impulsó el pánico, por lo cual 2000 millones de libras fueron retiradas por clientes preocupados. En los EE.UU., el banco Bear Stearns casi colapsó, lo que llevó a una crisis de confianza en el sector financiero y el fin de los bancos especializados en la sola inversión.

Tras un respiro primaveral, los mercados bursátiles de Estados Unidos volvieron a una extrema debilidad, motivada por malas noticias en el sector financiero, con las primeras declaraciones de bancarrota, incluyendo la caída del banco IndyMac, la segunda quiebra más grande en términos de dólares en la historia del país, con el riesgo latente que otros bancos regionales también pudiesen terminar igual.

La crisis tomó dimensiones aún más peligrosas para la economía de Estados Unidos, cuando las dos sociedades hipotecarias más grandes del país, Freddie Mac y Fannie Mae, que reunían la mitad del mercado de hipotecas sobre viviendas, comenzaron a ver sus acciones atacadas por los especuladores bajistas, a tal punto que a principios de julio, el gobierno de Estados Unidos y la Reserva Federal nuevamente tuvieron que anunciar un rescate para esas entidades financieras.

Tal decisión creó consternación en varios sectores liberales, que adujeron que tales rescates solo empeorarían a largo plazo las prácticas éticas de los inversionistas, fomentando con dinero público la temeridad. Durante ese periodo, la Reserva Federal, así como otros bancos centrales, continuaron inyectando liquidez al mercado, por valor de cientos de miles de millones de dólares, euros o libras esterlinas. El contribuyente era el que pagaba.

El 15 de septiembre, Lehman Brothers pidió protección crediticia ante la ley, declarándose oficialmente en bancarrota, lo cual indicó el punto oficial de la crisis, que se volvía incontenible, a lo que se sumó la compra del también el banco de inversión Merrill Lynch por Bank of America, a mitad de su valor real.

Los candidatos presidenciales de EE.UU. en ambos partidos y la prensa comenzaron a catalogar la situación de "pánico financiero", "crisis económica en el país" y "colapso", que se extendió a todo el mundo por la carencia de créditos y puso en bancarrotas a varios países europeos, situación que, cinco años después prosigue, y de la que seguiremos escribiendo.

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