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El campesino cubano: Mejor ausente

Erasmo Calzadilla

Foto del campo cubano por Marco Petrovic.

HAVANA TIMES — No conozco la obra de Graziella Pogoloti; sé que goza de gran consideración y ha recibido múltiples reconocimientos.

De ella he leído alguna que otra reflexión que no alcanza la altura de su fama. La que me incumbe ahora fue publicada por el Compendio del Observatorio Crítico bajo el título “El campesino, ese personaje ausente“.

En el citado texto la doctora expresa que la imagen del campesino cubano se ha ido desvaneciendo o desfigurando con el transcurso de los años.  “… desapareció de la literatura y durante mucho tiempo la televisión se atuvo a un estereotipo inexistente…”

Hasta aquí, de acuerdo; pero después es ella la que hace una caracterización del guajiro sumamente pobre y caricaturesca.

Graziella pinta el cuadro de la campiña cubana anterior al 59 con niños raquíticos, familias desahuciadas, rostros macilentos y prematuramente envejecidos, sombras desvalidas, desconocedoras del mar y la electricidad.

El escenario perfecto para una historieta donde la revolución entra cual heroína, repartiendo felicidad, salud, trabajo, y viajes al extranjero.

Estoy convencido de que en buena medida fue así, pero esa es solo una de las caras de un proceso complejo y polifacético.

Resulta difícil creer que el sujeto sufrido, enfermo e ignorante que describe fuese el portador activo de una cultura material y espiritual tan rica.

La flamante Revolución bebió abundantemente del manantial de valores campesinos, y un manantial de valores no se cultiva entre “sombras desvalidas” y “familias desahuciadas”. Me parece que a esa acuarela le faltan colores, y bastantes.

Es cierto que la Revolución mostró una gran preocupación por el campo, pero a cambio se obstinó en convertir al campo en Revolucionario.

Para conseguirlo combatió el imaginario popular y las tradiciones espirituales, adoctrinó a los pinos nuevos con una ideología totalmente extraña a su entorno, desarticuló a propósito la comunidad y las estructuras familiares, aniquiló la economía con absurdas disposiciones burocráticas y un largo etcétera.

Son muchas las causas del desastre, pero Graziella solo menciona una: la bondadosa Revolución dio a los hijos de los guajiros la oportunidad de estudiar en la ciudad y luego no quisieron regresar.

¿Pero adivinen ustedes a qué se debía la baja productividad de los que trabajaban para el Estado Revolucionario?

Dos razones aporta la Pogolotti: Una, que los obreros agrícolas recelaban el bienestar del campesino independiente; y la otra, a que los administradores no poseían la calificación requerida para el manejo de tierras tan extensas. ¡Vaya por dios!

Yo insisto, que si así es como vamos a recuperar la imagen del campesino, mejor lo dejamos ausente.

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