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Herencia para el Hombre Nuevo

Verónica Vega

Foto: Roberto Ruiz

Niños en el Parque de los Guagüeros, Alamar. Grafiti “Canales”, de Yasser Castellanos. Foto: Roberto Ruiz

HAVANA TIMES — Ayer, andando por una senda entre la hierba, vi venir en sentido contrario a una niña y de pronto sentí, como si en una enorme ola, el pasado y el futuro me embistieran a la vez.

Recordé cómo era yo cuando tenía esa edad: sentí casi mi propia mirada de entonces y lo que esperaba del mundo. Apenas nada de lo que después sobrevino: vanidad, incertidumbre, manipulaciones… Confusión, delirio y extravío.

Tantos y tantos lastres que llegaron a ser parte indisoluble de aquello que creía ser yo. Falsas necesidades. Libertades que eran prisiones.

Y pensé: ¡qué difícil hemos hecho para nuestros hijos el mundo! Cuánto tendrán que recorrer para llegar, si acaso, al punto de partida.

Me pregunté cómo podría ser diferente. Y empecé a anotar posibles soluciones para lo que llamaría “intento de desintoxicación”:

- Mientras el niño aprende su identidad como nombre, ser familiar y social, debería hablársele de que es un alma, una conciencia. Que viajamos, de misterio a misterio, y el lapso entre el origen y el fin está lleno de sorpresas, de cambios y de prodigios.

- No restringir su libertad de movimiento como hace la sociedad, a posturas como estar de pie o sentado (O viceversa…)  Alimentar su natural deseo de explorar las posibilidades motrices de su cuerpo. No inhibir esa búsqueda con críticas o burlas.

- No avergonzarlo si hace cosas “raras” como hablar solo o tener reacciones poco comunes ante la naturaleza o la sociedad, siempre que sean inofensivas.

Niños en el Parque de los Guagüeros, Alamar. Grafiti “Canales”, de Yasser Castellanos. Foto: Roberto Ruiz

Foto: Roberto Ruiz

- Estimular la compasión, que se manifiesta de modo natural en edades tempranas.

- La sexualidad no debe ser reprimida ni provocada. La tradición y los medios aceleran, condicionan y atrofian la libre exploración sexual.

- Hablarle de la naturaleza humana en los dos sentidos: bondad y maldad. Mostrarle cómo los actos revelan más que las palabras y que toda relación pasa por la prueba del tiempo.

- El matrimonio no debería ser una meta, ni los diversos estereotipos de éxito.

- El niño no nace con prejuicios raciales, ideológicos o de clase. Si se le habla de que cada ser humano está percibiendo (como él) y asimilando experiencias, según su grado de conciencia, el respeto será una condición natural.

- Hablarle de que cada vida es única y son inútiles las comparaciones. Que el futuro de cada uno es un enigma y condicionarlo a un patrón general es luchar contra la naturaleza misma de la existencia.

- Respetar la vocación, expresión misteriosa del destino.

- El tema de la muerte tampoco debería ser un tabú. Aunque implique confesar nuestra ignorancia sobre “lo que sigue después”. Deberíamos dejar una puerta abierta, sino a la vida post mortem, o a la reencarnación, al menos a la duda, que es lo único demostrable.

- Hacerle notar el valor de la no violencia, un principio más natural aún que la violencia instintiva. Demostrarle que es un poder, y como expresó Gene Sharp (autor del libro “De la Dictadura a la Democracia”, que aunque jamás se ha publicado en Cuba ha sido ampliamente divulgado y traducido a 30 idiomas): “La no violencia usa armas también, sólo que armas psicológicas”.

- Estimular en el niño la noción del valor de la verdad, pero sobre todo con el ejemplo. Él podrá ver por sí mismo que la mentira individual está condenada al fracaso y a desarrollar la inconciencia. Que la inconciencia nunca deriva en plenitud y felicidad. Que la mentira colectiva puede crear una “realidad” virtual sostenida por una sugestión colectiva que se retroalimenta, pero está también condenada, por su propia inconsistencia.

- Escuchar al niño, al adolescente, no imponerle a priori nuestra experiencia, porque como dijo Khalil Gibrán: “ellos viven en la casa del futuro, que los padres no visitaremos, ni siquiera en sueños…”

Foto: Roberto Ruiz

Foto: Roberto Ruiz

Claro que todo esto se vendría abajo cuando el niño empiece a asistir a la escuela, al menos de las que tengo conocimiento. En la educación cubana la doble moral es regla fija y  la autonomía puede alcanzar el rango de delito.

En los seductores países prósperos y democráticos, la doble moral siempre encontrará un resquicio donde crecer y expandirse si se le permite, y la autonomía puede ser un disfraz que distorsiona (con métodos más sofisticados), el autoconocimiento y la voluntad.

Pero si estas premisas se tuvieran en cuenta aunque sólo fuera en el hogar, se estaría saboteando desde adentro las secuelas de la programación y la ortopedia de la educación institucional, el efecto hipnótico de los medios y hasta de la tradición.

Para estas generaciones sería más fácil reconocer los lastres que a nosotros nos llevó tanto tiempo, y se estaría dinamitando en silencio al hombre viejo, para dar paso al Hombre Nuevo.

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