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Abelardo Estorino estaba junto al mar y respondió mis preguntas

Yasmín S. Portales Machado

Abelardo Estorino

Abelardo Estorino

HAVANA TIMES — Como a casi todos los escritores mayores que yo, lo conocía –creía conocerlo– antes de verle frente a frente. Mi maestra de crítica teatral, Vivian Martínez Tabares, es una de las grandes estudiosas de su obra, así que leer a Vivian era leer sobre él. Anoche mi madre me dijo “Dicen en el noticiero que Abelardo Estorino ha muerto”. Corrí a su cuarto, vi a la doctora Pogolotti junto al féretro y los ojos se me llenaron de lágrimas.

La verdad sea dicha, nunca fui muy cercana a Estorino y a la Compañía “Hubert de Blanck”. Mis intereses estéticos –mientras me dediqué al teatro– siempre anduvieron más orientados a los musicales de Raúl Martín, el grotesco de José Milián y la ternura de Rubén Darío Salazar, pero Abelardo Estorino era una figura familiar que se daba por sentado en las reuniones del teatro –¿un tótem gremial?–, un referente literario, escénico y ético seguro. Ahora le hemos perdido.

O quizás no.

Llegué a la funeraria de Calzada y K pasadas las nueve de la noche. Apenas quedaba una docena de personas en tres grupitos y la familia en la capilla. La sala lucía enorme por la abundancia de sofás, sillas y balances, las luces potentes, el silencio forzado. Saludé a varios exprofesores, sus miradas de asombro y aprobación me tranquilizaron un poco: habré abandonado el teatro, pero no soy una traidora al gremio.

Igual, los funerales son incómodos. Todos se sienten forzados a sonreír, a ser amables. Conversé un rato con Vivian antes de reunir fuerzas para entrar a la capilla y decir adiós. Es el primer muerto que miro a la cara en mi vida, y la visión de falso sueño, ese paz ya imperturbable, me sacó lágrimas de rabia y miedo. ¿Eso es todo?

Usted. Su habilidad para sacar a tantas mujeres del interior de Adria Santana. Su regreso sobre si mismo en “La Casa Vieja”. Su perturbadora comprensión del racismo en “Parece Blanca”. Su coqueteo con los amores difíciles: incesto, lesbianismo, sublimación. Su valor al explorar el persistente drama de los intelectuales y el poder en Cuba con el ejemplo de José Jacinto Milanés. Sus miradas a la familia en “Vagos rumores” y “Ni un si ni un no”.

Usted. Paso lento, ojos entornados, manos que ocultan el lado izquierdo de la boca. Su risa tranquila junto a adolescentes irrespetuosos en los festivales de teatro. Su escritura cuidada, envolvente, conflictiva.

Este viernes 22 de noviembre de 2013, a las ocho de la mañana, se puso rojo, dio un grito y calló muerto.

Ahora es un hombre delgado con las manos cruzadas sobre el vientre y el párpado derecho sin pestañas. Un hombre vestido de blanco, medio oculto entre los pliegues de un sudario color marfil. En poco tiempo le devorarán las encarnaciones repugnantes del tiempo: gusanos y bacterias. Solo un hombre viejo que va a reunirse con la tierra.

No me conformo. ¿Qué llegó a él en ese milagro secreto que es la eternidad increíble del último instante de la vida? ¿Los aplausos de una puesta especial por razones íntimas? ¿La textura de un libro, una pluma, el teclado de su máquina de escribir? ¿El último gesto de Raúl Martínez? ¿El cielo sobre la casa familiar –la verdadera Casa Vieja– allá en Unión de Reyes?

Luego fui ante la familia. Qué ridícula mi frase “Lo siento mucho”. Qué amable y agradecida la mirada de Zenaida, su hermana, y los otros tres ancianos. ¿Cuántas personas de diversas edades, vagamente familiares o totalmente desconocidas, habrán pasado hoy ante ella? ¿Es acaso un consuelo descubrir que lloran a su hermano personas ignotas en toda la isla, incluso en las colonias cubanas al otro lado del globo? ¿Confirmar –con certeza mejor que los Premios Nacionales de Literatura y Teatro– que ya no es solo suyo, sino de la Patria –esa entelequia dulce e inasible?

Eran ya las diez de la noche, pero llegaban otras personas. Estuvieran allí por deber profesional o político, noté expresiones conmovidas, evidencias del dolor más o menos explícitas.

“No ha faltado nadie”, dicen que comentó asombrada la hermana. “No ha faltado nadie de los que están en Cuba” me confirmó Vivian Martínez Tabares. “No ha faltado nadie, ni de los artistas, ni de la farándula” dijo un excompañero de estudios bastante renuente a las reuniones públicas. ¿Cómo iban a faltar, si se trata de Estorino?

Sentada en un rincón de la amplia sala, evoqué la única entrevista que le hice:

Fue en una Feria Internacional del Libro dedicada a él,  creo que en 2003. Como es tradición, se habían organizado varias sesiones de coloquios sobre su obra y presentaciones de libros. Como de costumbre también, una de las citas no ocurrió. Ya no recuerdo si el libro no llegó a La Cabaña o si el taxi no trajo al ponente. El caso es que Estorino estaba sentado detrás del edificio llamado “La Comandancia”, mirando al mar, con una expresión de calma absoluta.

Estorino, el muro de la fortaleza, el mar: equilibrio perfecto de negros, grises y azules. Mi fotógrafo sacó varias fotos que hicieron al equipo de diseño suspirar de felicidad.

Luego yo me acerqué y formulé las preguntas de rigor a propósito de ser protagonista de una Feria Internacional del Libro. Aunque ya debía haberlas respondido una docena de veces, las repitió con amabilidad, sin comentarios egocéntricos o mordaces. Hizo hincapié en que era una oportunidad para el movimiento teatral cubano la visibilidad y recursos de la Feria.

En suma: fue modesto. Se dejó querer por la cámara y por mi grabadora.

Esta mañana, mamá me ha preguntado por qué debía ir, en mitad de la noche, al funeral de Estorino. Solo pude argumentar esto: era un hombre fácil de querer. A pesar del Quinquenio Gris, de haber perdido a Raúl Martínez, su pareja por tres décadas y a Adria Santana, su musa en la escena, era amable y considerado, trabajador y humilde.

Aún me considero una teatrista –dormida, exiliada, algo así–, y debía rendir respeto a ese hombre que hizo grande nuestra escena, que indagó en el sentido de la cubanía, que no traicionó, que supo seguir amando a pesar de los dolores y las miserias.

Buen viaje a la eternidad, Abelardo. Salúdame a Raúl, a Virgilio Piñera –ese pájaro amargo y genial–, y a Teresita Fernández.


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