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De lo que prefiero hablar

Dariela Aquique

HAVANA TIMES — Muchos me han preguntado por qué no he comentado acerca del Evento de la ASCE (Asociación para el estudio de la economía cubana), al que fui invitada el pasado mes de agosto en la ciudad de Miami.

Es que ya mi colega Vicente Morín se adelantó, y desde el mismo hotel hacía las crónicas diarias de todo cuanto allí acontecía.

No obstante, vale decir que fue muy bueno, para mí, el encuentro con el fraterno Ted Henken; intercambiar criterios con la inteligente María Werlau; encontrarme con el atinado y gentil Arturo López- Levi; compartir el panel con Eliecer Ávila o disfrutar de la siempre agradable conversación y compañía de Dimas Castellanos, entre otras muchas cosas.

Me complació mucho la pluralidad de dicho encuentro. Y que pese a tesis encontradas, existe la voluntad, amén perspectivas diversas, de que haya de una vez y por todas un diálogo que aboga por unificar esas dos Cuba, la de la Isla y la del exilio.

Vicente también dedicó más de un material a contar sus impresiones de la urbe. Yo, muy por el contrario de mi compañero, y esto no quiere decir que no quedara admirada por la belleza del Downtown, con el cosmopolismo de Miami Beach, con el toque glamoroso de la arquitectura del Coral Gable, con el rico pastel de carne de Versalles en la famosa Calle 8 o la archidiferencia de los express way con la carretera central o la autopista nacional.

Puse más atención a la gente, que a los atractivos de la ciudad primermundista. Sobre todo, en el comportamiento de ciertos emigrantes cubanos. Algunos con más de dos décadas de vivir allí, obviamente hechos ciudadanos norteamericanos. Otros con menos tiempo, pero con la Green Card que les acredita como residentes permanentes.

Escuché numerosos juicios:

El primero, por supuesto, fue interpelarme pero como si fuera una pregunta retórica: ¿te vas a quedar? Lo segundo, fue intentar convencerme de las bondades que podía ofrecer este país y obviamente (lo que me pareció más absurdo), intentar comparar a la primera economía del mundo con la Isla.

Lo tercero, fue decirme que lástima de visa la mía, que puedo entrar y salir por cinco años, mientras que hay gente que da hasta su vida por irse a vivir allá.

Y lo cuarto, que yo era una comunista tapada y que a lo mejor era una agente cubana.

Todo esto acompañado de invitaciones a conocer los Malls, los Wal-Mart. De convidarme a comer carne, garbanzos y manzanas, como si les hubiera parecido desnutrida.

Encontré gente tan recalcitrante, resentida e infeliz, que no te permiten alusión alguna a que en Cuba hay cosas que han ido cambiando. Que viven el pasado, quejándose de las propiedades que les quitaron, citando los muertos de la Cabaña y viendo a Cuba solo como si el recuerdo que tienen de ella se les transfigurara en la cara y la voz de los Castro.

También vi a los que prefieren limpiar casas, incluso más austeras que las suyas, para sostener su status de “gente de éxito”. Los que apenas descansan pocas horas al día y tienen dos trabajos para pagar sus casas, su letra del carro, sus seguros, sus impuestos, su electricidad, su agua, su salud, su alegría, su esperanza, su precio de estar allí.

Amigos que son muy buenos médicos, trabajando de meceros en restaurantes; ingenieros en gasolineras; gente que no vira solo por soberbia o por vergüenza. Otros que solo sueñan con jurar frente a la bandera de las 50 estrellas y ser llamado american citizen.

Gente que no deja de entrar a los sitios digitales que hablan de Cuba, para canalizar su trauma de ser cola de león y no cabeza de ratón, para atacar mis comentarios con saña e irrespeto. Hacer cuentas todo el tiempo, vivir con la cartera llena de tarjetas de crédito y decirlo varias veces para creérselo bien: soy feliz, Dios bendiga a los Estados Unidos de Norteamérica.

Con perdón de Vicente, de cosas como estas es que prefiero hablar.


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