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La diferencia entre escuelas

Kabir Vega Castellanos

facultad obrero

La Facultad Obrera. Foto ecured.cu

HAVANA TIMES — A varias semanas de haber vuelto al curso de inglés, e incorporarme a nuevas rutinas como la FOC (Facultad Obrero Campesina), la única opción disponible para terminar el doce grado, es que empiezo a adaptarme. Fue un cambio realmente brusco mas ya empezaba a necesitarlo.

A diferencia de la escuela de inglés, donde las aulas cuentan con pizarras modernas y televisores plasma, la FOC es el extremo opuesto: ahí la decadencia y la apatía son aplastantes. Las mesas están rotas y hay un solo bombillo en toda la estancia que arroja una luz mustia. Cuando empieza a oscurecer, para leer o escribir hay que forzar la vista.

Pero la mayor diferencia entre ambos cursos está en el ambiente. En el primero, tal vez porque es en el Vedado o porque en el alumnado hay hijos de diplomáticos, la frivolidad y la competencia son casi absurdas. Muchos que no tienen las mismas posibilidades económicas fingen para sentir que están a la misma altura. Hay mucha tensión y la actitud hacia los demás es fría y desdeñosa.

Un día en especial, la atmósfera era tan dura y cuestionadora, que una alumna, después de su evaluación oral, no pudo evitar echarse a llorar.

Por el contario en la facultad casi todo el mundo es repa. La mayoría proviene de ambientes marginales. También hay algunos frikis. Si algo ostentan, es que no están ahí por su voluntad, sino para cumplir con el ritual que les dará su título de doce grado.

Cuando un profesor politiza demasiado la clase, empiezan a bostezar y no escatiman gestos para mostrar su tedio. Si un profesor se ausenta en un turno intermedio, casi el grupo entero se va sin esperar el próximo. Hasta la formación a la entrada es un conflicto: la directora exige a gritos una formación, y los estudiantes la miran como si no fuera con ellos.

Dos incidentes particulares me han impactado allí:

En una ocasión, conversaba con un compañero de mi misma aula, cuando me indicó a un muchacho a cierta distancia. Me dijo que en el servicio estaba tan deprimido, que durante la noche fue al baño, y se hizo cortes sucesivos desde la muñeca y a lo largo de todo el antebrazo. Por suerte dos horas después otro recluta fue al baño, y lo encontró desmayado. Rápidamente lo ingresaron y pudieron salvarlo. Pero nada más se curó, lo enviaron de vuelta a la unidad militar donde repitió el acto. Esta vez se atravesó el antebrazo completo en un solo corte.

Confieso que tenía dudas sobre la verosimilitud de lo que me contaba, pero casualmente el muchacho se acercó a saludar, y me fijé en la espantosa cicatriz que abarcaba todo el antebrazo.

Sin embargo la peor experiencia ocurrió un martes, en medio de la clase oíamos un vocerío procedente del primer piso, los que se sientan próximos a las ventanas dijeron que se estaban llevando cargado a un adolescente. Unos lo reconocieron y decían que era un drogadicto, que seguro se había excedido con la dosis. Hasta reían con cinismo del trágico evento. Al otro día, durante el acto de entrada al centro, la directora anunció la muerte de uno de los estudiantes: era el mismo adolescente. Nadie se mostró conmovido, y ni siquiera los profesores pidieron un minuto de silencio.

Tal vez esta especie de cinismo es el único elemento común que he notado en estas dos escuelas. Y que algunos profesores parecen tener una misión adicional: tratar de convencernos de que vivimos en el mejor país posible.


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