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Una concesión para la gobernabilidad

Rogelio Manuel Díaz Moreno

Entrada del aeropuerto Jose Martí de La Habana.  Foto: Caridad

Entrada del aeropuerto Jose Martí de La Habana. Foto: Caridad

HAVANA TIMES — Como ya se ha divulgado por los medios informativos, las autoridades cubanas dieron marcha atrás a las restricciones colocadas al acceso de los cubanos a áreas del aeropuerto internacional José Martí. Las restricciones duraron varios meses, a partir del inicio de trabajos de mantenimiento en la terminal número 3, para vuelos internacionales.

Durante su imperio, los acompañantes de los viajeros tenían que esperar en condiciones de gran incomodidad, sin acceso a servicios sanitarios, gastronómicos, y a expensas del buen o mal tiempo en las afueras de la terminal.

Después de las reparaciones, se suponía que el público general recuperaría el acceso a las áreas interiores. Sin embargo, en este país es mucho más fácil colocar una barrera que retirarla, y los directivos de las entidades regulatorias de la aeronáutica se acomodaron a mantener a distancia a “la plebe”.

Por cierto período, a pesar del fin de los trabajos y del decline de las ventas y servicios de los establecimientos internos del aeropuertos, los ciudadanos cubanos siguieron contenidos por una severa línea de vallas y agentes de seguridad. De una manera que no extrañará a los que conocen de estos lares, los extranjeros estaban exentos de las tales limitaciones.

Un buen número de intelectuales y activistas alzaron enfáticamente su protesta. Mediante las redes sociales, vías de divulgación alternativas, correos electrónicos, boletines artesanales, etcétera, circularon cartas, mensajes, artículos de protesta.

La prensa oficialista respondió con excusas poco verosímiles relativas a la poca capacidad del aeropuerto para asegurar el confort de los viajeros y la similitud de la práctica con la de otros lugares. Se ofreció, además, la promesa de construir nuevos salones en las áreas aledañas. Esta posición oficial fue expresada por la dirección del propio aeropuerto y recogida pasivamente por el Granma y otros medios.

Los protestones replicaban que la principal incomodidad la provocaban las horas de espera por los enrevesados mecanismos de entrada al país y que el único lugar semejante era el aeropuerto de Eritrea, no exactamente entre los más famosos del mundo. Este servidor señaló que las declaraciones de la dirección del aeropuerto constituían una confesión llana de cómo se violaba la Constitución del país.

En el gallinero formado, a mí me impresionó únicamente la actitud de alguien que sí se paró como gallo fino, de los que se imponen con su valor y su moral. El intelectual y activista Tato Quiñones y algunos familiares acompañaron en su despedida a otro miembro de la familia, dentro de las áreas restringidas. El tracatán que intentó forzarles la salida, recibió una respuesta ejemplar que lo dejó alicaído. Si un día de aquellos, entre los miles de cubanos que pasan necesariamente por el aeropuerto, hubiera habido solo 10 Tatos, la prohibición se hubiera caído ahí mismo.

En la formulación del tema por el gobierno, no se asoma la más mínima dosis de arrepentimiento por las groseras violaciones cometidas contra el derecho ciudadano. Apenas toman nota de que la medida “causó molestias entre algunos ciudadanos”.

Recientemente, sin ningún desencadenante particular, las autoridades comunicaron el fin de las restricciones. Es bueno ver que la opinión pública fue tenida finalmente en cuenta. No sabría si fue el cuarto poder, o un quinto, por la informalidad e irregularidad de los medios, pero lo que fuera, aprendió que ciertos resultados son alcanzables a través de la movilización. Sin embargo, no creo que deba darsele al asunto demasiada trascendencia.

En la formulación del tema por el gobierno, no se asoma la más mínima dosis de arrepentimiento por las groseras violaciones cometidas contra el derecho ciudadano. Se regresa cínicamente a la excusa de que las limitaciones fueron temporales y causadas por los trabajos de reparación. Apenas toman nota de que la medida “causó molestias entre algunos ciudadanos”. Así que, al menos públicamente, los funcionarios que aplicaron la restrictiva política quedan impunes.

A mí, lo que me sugiere esto es que el gobierno decidió efectuar una concesión para aplacar los ánimos, en un tema menor que no afecta los males de fondo de autoritarismo y discrecionalidad de sus poderes. Total, ni que fuera para tanto.

No estaban en discusión los problemas de las inversiones extranjeras sin contar con los trabajadores cubanos, la privatización de parte de la economía estatal, el enraizamiento de la explotación y las diferencias sociales, etcétera. Sería una linda utopía, que todos los que se sintieron aludidos en este tema del aeropuerto, unieran también sus empeños en todos esos otros temas.


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