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El tren del contrabando

por Fernando Aramis

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Fernando Aramis

HAVANA TIMES — Llegué a casa de Dargelo, el marido de mi prima Bárbara, a eso de las 10 de la mañana. Corría el año 1993.

Desesperado y sin trabajo como casi todos en ese tiempo les comenté que ya no podía más, que el negocio de fabricar la bebida pru, en el cual trabajaba, se había terminado, porque el dueño había decidido irse a los Estados Unidos por la Base militar de Guantánamo.

Afortunadamente había ahorrado algo de dinero y quería invertirlo en algún negocio. Entonces él me propuso irnos a comprar café a siete pesos la libra al municipio de Buey Arriba donde vivían sus primos, para después transportarlo hasta Camagüey donde se vendía a 28 pesos. Acepté de inmediato su oferta y le pregunté:

-¿Cuándo nos vamos?

-Ven mañana temprano para salir a las 5:00 am, respondió.

-¿Qué debo traer?

-Consigue una jaba (un saco)

Regresé a mi casa a preparar las condiciones para el viaje. Al otro día temprano salimos cuando aún no salía el sol. Por supuesto debíamos viajar por los amarillos, aquellos inspectores de transporte, vestidos con un uniforme de color amarillo, que en ese tiempo trabajaban en la salida de cada ciudad y pueblo de Cuba deteniendo cualquier tipo de vehículos para que llevaran al inmenso personal que decidía viajar de provincia a provincia o de pueblo a pueblo. Realmente eso era un martirio. Cuando llegamos a la salida de Bayamo tomamos un camión que nos dejaría a la entrada del camino que nos llevaría a casa de la familia de Dargelo.

De ahí tuvimos que caminar unos cuantos kilómetros atravesando el monte para arribar a casa de sus primos. Llegamos a eso del mediodía. Exhaustos por la caminata caímos en los taburetes como piedra. Después de comer algo no fuimos a comprar el café con unos de sus familiares.

Yo llevé dinero para adquirir 40 libras y Dargelo compró unas 60.También nos acompañó un amigo que era el contacto para  vender el preciado grano en la provincia de Camagüey, específicamente el municipio de Florida, él solo compró 20 libras. Hecha la compra regresamos a casa de los primos de Dargelo, ellos nos esperaban con una botella de chispa de tren, una bebida alcohólica que se tomaba la gente en Cuba que se cortaba con mierda, he de ahí su otro nombre, Caguín.

Bebimos hasta que cayó la luz del día y después nos fuimos a descansar, pues debíamos levantarnos muy temprano para transportar la mercancía hasta Bayamo, la segunda Odisea. Y esta vez el regreso era más largo, pues debíamos caminar unos cuantos kilómetros más para salir a la carretera central un poco más adelante del punto de control de la policía, la cual revisaba a todo el mundo para quitarle el café: Transportar café en cuba era prohibido (todavía lo es).

Salimos temprano igual que hicimos en la ida, pero esta vez con la jaba al hombro, nuevamente para atravesar el monte, siempre muy alertas por si algún guardia apareciera en el camino. Para aliviar la tensión hacíamos un chiste de vez en cuando riéndonos de nosotros mismos. Caminamos y caminamos y yo casi sin aliento a menudo preguntaba:

¿Falta mucho?

-Ya estamos llegando- respondían ellos que ya eran expertos en traficar el producto y habían hecho el viaje muchas veces.

Por fin llegamos a la carretera central. Para nuestra buena suerte nos paró un camión que iba hasta Bayamo. Subimos en la volqueta y arrancamos rumbo a la gloria. Hasta ahí todo estaba saliendo a pedir de boca. En un tramo el camión hizo un giro brusco y se pasó a la senda contraria de la carretera como dos o tres veces. Inmediatamente nos dimos cuenta que el chofer estaba bajo los efectos del alcohol.

-¡Oye bajémonos de aquí que este tipo nos va a matar!- Exclamé

Con unos gritos y señas hicimos que el chofer detuviera el camión y nos apeamos sin dudarlo. Por suerte ya estábamos a muy pocos kilómetros de Bayamo. Comenzamos a caminar con la jaba al hombro, nuevamente por la orilla de la carretera, cuando de momento escuchamos la sirena de la policía. Sin pensarlo dos veces nos tiramos en la cuneta a esperar que pasara, pero no lo hizo.

-¡Que susto!- Dijimos casi al unísono los tres. Esto ocurrió dos veces más antes de arribar a Bayamo.

Llegamos a eso de la 6:00 pm, a esa hora no podíamos atravesar la ciudad por lo de la policía, entonces decidimos ir por la vega del río, que para mí fortuna unas de las entradas y salidas de este conducía casi directamente a mi casa. Me despedí de mis amigos, pero no por mucho tiempo, porque todavía estábamos a la mitad de la odisea. Debíamos descansar esa noche y salir a la 4:00 am con el peligro de ser descubierto con la mercancía para tomar El tren del Contrabando.

Un tren que salía a esa hora de Bayamo hasta el municipio de Florida. Nos encontramos en la terminal ferroviaria a la 3:30 am, ya el medio de transporte estaba parado frente al andén. Era pequeño, de solo cuatro vagones, sinceramente daba pavor montarse en él, con sus asientos ortopédicos, desde los cuales te asomabas al pasillo de los vagones y perfectamente podías ver la locomotora y su maquinista.

Dargelo me dijo que todos los que viajaban en ese tren lo hacían para traficar cualquier cosa. Leche en polvo, carne de res, carne de cerdo, mariguana, café, eso y mucho más.

Y la gente lo tomaba porque, como era pequeño, la policía nunca lo revisaba. Es decir: que íbamos cargados de material ilícito y éramos la carnada perfecta para caer a la cárcel. Antes de partir en mi viaje Reflexionaba en el hecho de cómo la necesidad me había llevado hasta estas instancias, de cómo de  trovador insigne de la ciudad, pasé a ser un traficante de café.

Personalmente no veía nada nocivo en eso de transportar café, pero para efectos de la ley, me había convertido en un una persona que estaba delinquiendo.  De momento el tren nos sacudió en su primer impulso y desperté de mis reflexiones y partimos esperanzados y a la vez temerosos en nuestro viaje rumbo al municipio de Florida. ¡Qué viajecito nos esperaba!


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