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Nadie tiene la culpa… ¿o sí?

Por Paula Henríquez

imagesHAVANA TIMES — Una amiga cercana me contó hace unos días que a su nena le indicaron un urocultivo. La doctora del consultorio familiar le dio la orden y ella se encaminó confiada hacia el pediátrico para hacerle la prueba a la niña.

Al llegar al lugar, el médico de guardia le dijo que allí solo hacían ese tipo de exámenes a los niños que permanecían hospitalizados en el centro. Desconcertada, como es lógico, decidió dirigirse al policlínico de su localidad, donde le dijeron que tampoco realizaban la prueba y le explicaron, además, que las lecturas de los resultados son diferentes para niños y para adultos, por lo que ella debía llevarla a un pediatra…

Otro bebé también llegó al pediátrico con fiebre intensa y malestar general. El médico de guardia lo revisó y concluyó posible sospecha de dengue. Esa persona tuvo que llevar a su hijo para otro centro, el que recibe y trata los casos de esa enfermedad. Les cuento que un análisis más exhaustivo de la doctora del nuevo lugar diagnosticó reforzamiento en los pulmones…

Y como esos, existen un sinnúmero de ejemplos más. Lo cierto es que la “visita” a un hospital pediátrico se convierte en un infierno, incluso más allá de la dolencia real que nos llevara a realizarla.

Imagínense tener que llevar a su hijo al médico y que al llegar, después de una larga cola, finalmente, en la consulta se encuentre con un profesional de la Salud que revise superficialmente a su hijo, que no se tome su tiempo para profundizar en las causas de la dolencia del pequeño, que por x síntomas refiera un diagnóstico equivocado.

¿Quién sufre las consecuencias?

Cuando hablo de pediátrico bien puedo referirme a cualquier centro de salud. El problema es el mismo en muchos de ellos. ¿Cómo llamarlo? ¿Mal trabajo? ¿Falta de interés, de sensibilidad, de responsabilidad, de recursos…? No sé… a veces me rompo la cabeza tratando de entender por qué suceden esas cosas. Entonces recuerdo que en otras esferas sociales existen situaciones similares y no puedo dejar de pensar y sacar cuentas: todo tiene un origen común.

Y es que cuando existen carencias y hay que luchar muy duro por cosas básicas y esenciales en la vida de todo ser humano, pues es normal que la persona se desgaste, y con ello aparecen el desinterés y toda una gama de desvalores sociales y humanos que nos llevan a hacernos daños unos a otros.

Sin embargo, mi intención con este trabajo no es precisamente criticar el trabajo de los médicos, al menos no directamente. Como mismo hay quienes descuidan su labor, hay otros que ponen todo su empeño en hacerla bien. Para ser justos también hay que reconocer a esos que, sin importar la situación monetaria, etc. cumplen con su trabajo sin dañar al semejante. De igual forma, muchas personas no se dejan llevar por los problemas y ofrecen cada día un trato amable a quienes se les acercan.

Mi objetivo es reflexionar y no juzgar a esas personas. No soy quien para juzgar. Lo que intento decir es que si todos o casi todos, estamos en la misma situación ¿por qué no respetarnos y ayudarnos en el día a día? ¿Por qué dejarnos arrastrar por la maldad de nuestra situación? Que la pérdida de valores éticos, morales, sensibilidad y humanismo no nos carcoma.
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Photo de portada: Phyllis Shess

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