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¿Por la vida… o contra los derechos?

Yusimi Rodríguez

46th General Assembly OASHAVANA TIMES — En días recientes se realizó la 46ta Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA). Aunque Cuba no es miembro desde 1962, y nuestro actual presidente ha asegurado que no regresará, representantes de la sociedad civil asistimos a actividades previas al evento.

Una de ellas fue la reunión del secretario general, Luis Almagro, con la sociedad civil del continente, precedida de las mesas de trabajo sobre Derechos Humanos, Familia, Democracia y Desarrollo Sostenible, Población Afrodescendiente, Mujer, y Comunidad LGBTI.

La sociedad civil de la región es muy diversa, y (al menos, en esta reunión, pues el martes 14 se nos negó la entrada, alegando falta de espacio) hay lugar para todos. Entre ellos, los conocidos como “pro vida”.

Al escuchar el término, asumí que protestaban contra las guerras, el uso de armas nucleares, el hambre que azota a tantas personas en el mundo o el sacrificio animal… Pero no, los objetivos de estos grupos son que las mujeres no tengan el derecho a decidir sobre su reproducción, que gays y lesbianas no puedan contraer matrimonio y adoptar hijos o recurrir a la reproducción asistida. Sobre las personas transexuales, los carteles que mostraron hablan por sí solos: “No a la ideología de género”. ¿Y en nombre de qué? Pues, de la familia, los derechos de los niños, incluso antes de nacer, y de lo más grande que tenemos: la vida.

Están tan preocupados por la vida que en ningún momento de su participación en el evento condenaron o lamentaron la masacre de Orlando, Estados Unidos, ocurrida durante la madrugada del domingo 12 de junio, en un centro nocturno gay.

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Sus argumentos se basan en su interpretación de la Biblia. Muchos cristianos podrían responder que Dios no dijo absolutamente nada sobre la homosexualidad. He conocido católicos, sacerdotes incluso, a favor del matrimonio igualitario, del respeto a la identidad de género y de las operaciones de adecuación genital.

Los cristianos podrían discutir horas al respecto y, al final, podrían prevalecer quienes alegan que Dios condenó la homosexualidad y el travestismo en la Biblia. La pregunta es qué derecho tienen para imponer sus creencias y su moral al resto de la sociedad, a quienes no somos cristianos. Supongo que el mismo que tenía nuestro gobierno cuando impuso el ateísmo al pueblo por décadas: ninguno.

¿Cómo, exactamente, el matrimonio igualitario, la garantía de los derechos reproductivos y el respeto a la identidad de género, atentan contra los derechos de las personas heterosexuales, contrarias al aborto, cuyas identidades de género responden a la norma? El matrimonio igualitario no elimina la posibilidad de que un hombre y una mujer se casen, solo garantiza que también podamos hacerlo quienes amamos a personas de nuestro propio sexo.

Estas personas se oponen al aborto, y me parece bien. Tampoco soy partidaria de esa práctica, al menos, no como método anticonceptivo, sobre todo, por el peligro de que la mujer quede estéril o (si tiene que recurrir a prácticas clandestinas) pierda la vida. Pero más importante que mi opinión, es el derecho de cada mujer a decidir sobre su cuerpo.

En 2013, entrevisté al fraile Léster Rafael Zayas, sobre este tema. Incluso él, católico, defensor de la vida desde el momento de la concepción, que no aprueba el aborto ni en caso de violación (solo lo aprueba si corre peligro la vida de la madre o el embarazo no es viable) reconocía que nadie tiene más derecho que la mujer a decidir. Más aún, era contrario a una ley antiaborto. Los “pro vida”, sin embargo, están tan preocupados por los derechos de los no nacidos, que están dispuestos a violar los de los nacidos.

oas 3Conversé con una de ellos, y expresó preocupación porque a los niños se les hable de la homosexualidad como algo normal, en las escuelas. En la reunión con Luis Almagro, otra señora preguntó si los padres no debían tener el derecho de decidir la educación de sus hijos en un aspecto tan importante.

Pienso en todas las consignas que me hicieron gritar en la escuela, en el adoctrinamiento que ha prevalecido en la educación de varias generaciones de cubanos. Si tuviera un hijo o hija, también exigiría el derecho a decidir sobre su educación. No sé si los padres saben cuál es la mejor forma de educar a sus hijos. Pero en la misma medida que reconozco la autonomía de una mujer sobre su cuerpo, reconozco la de los padres sobre la educación de sus hijos. No obstante, la realidad demuestra que no basta una educación en la heteronormatividad, como la que de hecho recibimos la inmensa mayoría de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, para garantizar la heterosexualidad de la descendencia.

Aunque los “pro vida” no llevan su intolerancia y desprecio por los derechos ajenos al punto de quienes cometen crímenes de odio (al menos, eso creo), la filosofía que encierran sus prédicas no difiere demasiado de la de quienes asesinan y torturan a otros por ser diferentes. Estas personas, entre las que me asustó ver muchachas y muchachos tan jóvenes como para ser mis hijos, promueven la vida, sí: una sin derechos ni libertades individuales.


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