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Una colecta para la Revolución

Elio Delgado Legón

BONO 014

Lo que entregamos a las personas que donaron dinero para la Revolución.

HAVANA TIMES — La lucha contra la dictadura de Batista (1952-1958) en las grandes ciudades fue heroica. La cuota de sangre que tuvieron que pagar los jóvenes revolucionarios que se oponían a aquel régimen criminal fue muy alta, pero mantuvieron en jaque a las fuerzas represivas durante los casi siete años que duró el oprobioso sistema.

En los pueblos pequeños del interior del país, la lucha también fue efectiva, pero menos heroica, porque no existía la clandestinidad. En un pueblo pequeño todo el mundo se conoce, y la policía podía mantener a todo el mundo controlado. Era más difícil moverse.

En mi caso, comencé la actividad revolucionaria en 1954, a los 17 años de edad, con poca experiencia, por lo que me di a conocer inmediatamente y fui fichado como revolucionario.

Mi labor fundamental consistía en reclutar jóvenes que estuvieran dispuestos a luchar cuando llegara el momento, hacer algunos sabotajes a la economía y recaudar dinero para la Revolución, mediante la venta de bonos del Movimiento 26 de Julio.

El 15 de mayo de 1955, Fidel Castro y el resto de los compañeros que asaltaron los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes el 26 de julio de 1953, fueron puestos en libertad en respuesta a la fuerte presión popular.

Pocos días después Fidel salió para México con el objetivo de preparar una expedición y venir a combatir a la dictadura desde las montañas cubanas.

A principios de 1956, un abogado amigo nuestro, que pertenecía a la Organización Auténtica, nos informó que viajaría a México a entrevistarse con Fidel y vimos la oportunidad de enviarle al líder de la Revolución algún dinero, y como en esa época no teníamos bonos para vender, se nos ocurrió hacer una colecta entre las personas que tuvieran más posibilidad de aportar.

Formamos una comisión de cuatro compañeros, que bajo mi dirección visitaría a todas esas personas para hacer una colecta y mandarle el dinero a Fidel en México.

De más está decir que antes de que llegáramos al final de nuestra tarea, ya la policía lo sabía y mandaron a uno de ellos a detenernos. Estábamos en un establecimiento hablando con el dueño, cuando llegó un oficial y nos pidió que lo acompañáramos a la estación.

Salimos caminando hacia la estación, que estaba como a siete cuadras, y al pasar por un estanquillo de periódicos yo me detuve a leer unos titulares que me llamaron la atención y el policía siguió con los otros tres, sin darse cuenta de nada.

Yo podía, en ese momento, tomar otro rumbo y perderme, pues habían caminado más de una cuadra, pero sentí que la mayor responsabilidad era mía, por ser el jefe y no podía actuar como el clásico capitán Araña, así que me apuré hasta reunirme con los otros tres compañeros. En ese momento el policía miró hacia nosotros y exclamó: ¿Eh, eran tres y ahora son cuatro?

Nos acusaron sin pruebas, creo que de reunión ilícita, pero el tribunal nos absolvió por falta de pruebas.

El dinero de la colecta le fue enviado a Fidel, como nuestro pequeño aporte a la Revolución.


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