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Comandante

Supo, como Martí, “desde la nube hasta el microbio”. Cada concepto existente en los saberes de los hombres es aplicable en el pensamiento y la acción de Fidel. Por tanto, hablar del Comandante de manera general corre el riesgo de agotar todos los espacios. De tal, prefiero centrarme aquí en uno de los perfiles más importantes del Jefe: su antimperialismo. Profundo conocedor de la historia, analizó como pocos la psicología predatoria de los imperios. Estudió a los doce Césares; a los reinos de España, Holanda, Portugal e Inglaterra; a Alejandro, Gengis Khan y, de forma especial, a los Estados Unidos desde su formación como estado, su proyecto político y los postulados de sus líderes: ya a partir de la misma protohistoria del país del norte.

Intuyó sus apetitos de expansión, la necesidad biológica de sus congresistas, senadores y presidentes de abarcar patológicamente mayores y progresivas extensiones geográficas. Habló en no pocas ocasiones de cómo, no contentos con haberle arrebatado sus espacios naturales a los nativos del continente, compraron o invadieron territorios de México, España y Francia.

Pero la voracidad de Washington -tantas veces denunciada por Fidel en artículos, discursos y comparecencias- sobrepasaba la plataforma continental; iba más lejos. Estaba allí, debajo de ellos en la latitud del mapamundi, la estrella del Caribe, la Joya del Golfo, la Llave de las Américas; y, raudos, intentaron apoderarse de ella. Al fin lo lograron, mediante el autosabotaje del acorazado Maine, el Tratado de París y la Guerra Hispano Cubano Americana. También tomaron otros territorios como Puerto Rico, las Filipinas…

Fidel, entre sus muchas virtudes, se convirtió en un experto en el razonamiento del modus operandi del imperialismo norteamericano, al cual odió en cada fibra de su ser por haber aniquilado a millones de personas, despojado de recursos a continentes enteros, eliminado a líderes de vanguardia del Tercer Mundo, torpedeado la integración de los pueblos e impuesto a Cuba una despiadada e ininterrumpida guerra comercial, financiera, biológica, ideológica y cultural.

Aunque a ciencia cierta no resultó el primer gran pensador en vaticinar el fin de la especie, sí fue el primero que la relacionó con la incidencia del imperialismo norteamericano en los planos bélicos (su poder nuclear fue muy fustigado por él) y medioambiental (la renuncia de firmar el Protocolo de Kyoto también constituyó objeto de censuras del líder cubano, así como la naturaleza hiperconsumista de esa nación) y social.

Como líder preocupado en cada instante de su existencia por el cuidado y la supervivencia de su pueblo, trazó estrategias y urdió salidas para impedir la confrontación bélica directa con la principal potencia militar del planeta, así como para estrechar acercamientos que desembocaron en el arranque del proceso de normalización de las relaciones en diciembre de 2014.

Sin embargo, nunca confió (ni incluso después de este paso) en nada proveniente de los círculos de poder yanquis; no así de su pueblo, al cual siempre amó y respetó, además de apreciar sobremanera el reservorio cultural de ese país y el extraordinario aporte afroamericano a este. Las reflexiones posteriores de Fidel hablan por sí solas. En la escrita el 12 de agosto, a un día de su cumpleaños 90, plantea en torno a la visita a Japón de Obama, a quien no recibió durante su estancia en La Habana y cuyo discurso en el teatro capitalino en nada resultó de su agrado: “Considero que le faltó altura (…), y le faltaron palabras para excusarse por la matanza de cientos de miles de personas en Hiroshima… Fue igualmente criminal el ataque a Nagasaki, ciudad que los dueños de la vida escogieron al azar. Es por eso que hay que martillar sobre la necesidad de preservar la paz, y que ninguna potencia se tome el derecho de matar a millones de seres humanos”.

Tras la muerte del Comandante, tantas veces deseada por los malos cubanos y por el imperio, los apátridas gozaron, rieron, bailaron y profirieron improperios en el Versailles, la Calle 8, Hialeah: ese Miami del exilio cuya línea dura tanto pavor e inquina siempre le tuvo.

Las palabras (sórdidas, indignas, inicuas, pérfidas) del presidente electo Donald Trump en relación con su deceso -igual las de otros altos cargos de su gabinete en formación-, ilustran la visión primitiva imperial del Estados Unidos político más cavernícola hacia Cuba. En cualquier caso devienen otra muestra de que Fidel, como Martí, nunca se equivocó: el norte brutal nos desprecia y jamás intentará en su empeño de apoderarse de nosotros.

Advendrá en lo adelante un período difícil que podría echar por el caño parte de los parciales logros conseguidos con la administración saliente. La resistencia, la dignidad y el antimperialismo propugnados por el Comandante nos harán resistir y vencer.


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