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Lutgarda Balboa: “Comandante, no tengo ninguna fotografía con usted”

Llaman desde algún lugar de Cuba. En Cienfuegos un hombre escucha, luego, una sola palabra: “viene”. Todo parte de una especie de estrategia o ritual, que Humberto Miguel Fernández hizo costumbre para anunciar las visitas del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz al centro sur de Cuba.
“Rápidamente los miembros del Buró Provincial del Partido poníamos manos a la obra. Yo me encargaba del aseguramiento, como una hormiguita detrás de todas las cosas. Y cuando venías a ver él estaba aterrizando en el aeropuerto en un helicóptero, en avión, o por carretera. Hubo momentos que venía semanalmente, a chequear las tareas, porque esta provincia tenía dos grandes retos, la Central Electronuclear y la Refinería de Petróleo”, cuenta Lutgarda Balboa Egües, quien se precia de compartir con Fidel las más de 50 veces que pisó suelo sureño.
“Cuando él llegaba se reunía toda una masa humana, desde el aeropuerto hasta dónde fuera, y el pueblo lo seguía con gritos de ‘¡viene Fidel, viene Fidel!’. Mucha alegría, entusiasmo; las banderas se agitaban, las pañoletas; un amor tremendo hacia el Comandante en Jefe”, dice Balboa Egües con los ojos bien cerrados, aferrada a la imagen nítida del recuerdo, mientras cada marca de sus 82 años de vida profundiza se en el rostro de la luchadora clandestina.
Y es que el Comandante “se sentía bien aquí”, por eso, “en varias ocasiones caminó por todo el Prado y la calle San Carlos”, arterias de esta ciudad que ahora desandan los cienfuegueros; en un compromiso profundo con la Revolución que el gigante nonagenario definiera altruista, solidaria y heroica.

I
“A Fidel lo conocí en los Congresos del Partido, y después, en las visitas a Cienfuegos, contacté muchas veces con él. Pero lo seguí siempre, desde que era estudiante, en el Partido Ortodoxo, en la Sierra Maestra, todo lo que hizo”, recuenta ‘Luga’, como la nombran sus amigos.
Al principio, cuando conspiraba contra la tiranía batistiana junto a su esposo en el M-26-7, Fidel era solo la imagen de un periódico que acompañaba una tergiversada realidad, el comentario popular, pero sobre todo, la voz en Radio Rebelde. “Impresionaba en su forma de hablar por el micrófono cuando hacía las intervenciones, yo no sé, pero me inspiraba una admiración, y teníamos fe y confianza en él, así luchamos hasta el final, hasta hoy.”
“El triunfo de la Revolución fue una alegría enorme, a la entrada de la Caravana de la Libertad aquel 6 de enero, todos salieron de las casas para verla pasar. Nosotros andábamos corriendo por las calles, aquello era una locura”, expresa la también fundadora del Partido Comunista de Cuba (PCC) y de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).
Lutgarda recuerda que “nunca estaba bravo, siempre contento”, el trato afable, la inteligencia curiosa casi en roce con lo detectivesco, su gran estatura, las manos blancas y largas, y el índice reflexivo —nunca doctrinario— con que cuestionaba al interlocutor.
Balboa Egües reconoce un rasgo del líder histórico de la Revolución que la tocó en lo más profundo: “las relaciones humanas que tenía con el pueblo. Donde quiera que iba la gente lo buscaba, pero él nunca rechazó nada, sino al contrario. Siempre que visitaba la Termoeléctrica o Plastimec (antes Fábrica de Riego por Aspersión Vasil Levski) conversaba con los obreros, les ponía la mano en el hombro, recibía los besos de las mujeres. Era una relación muy directa con todos, humana.”
Con las féminas, un sector segregado, “era extraordinariamente amoroso, pero con respeto. Con mucha fe en ellas, desde la Sierra Maestra. Fidel nos quiso mucho, nos dio esa igualdad, por eso hoy somos científicas, educadoras, manejamos camiones, tractores, de todo. Nos proporcionó el derecho que teníamos de incorporarnos a todas las tareas de la Revolución”, como lo hizo la activista del Buró Provincial del PCC en Cienfuegos, por más de cuatro décadas.
Lutgarda recuesta la barbilla en la palma de la mano derecha, y los recuerdos afloran. Entonces dice “quizás nadie haya hablado de esto, pero a mí siempre me llamó la atención cómo era Fidel con sus escoltas, la preocupación que siempre tenía con ellos, con todos los que lo cuidaban. Constantemente les preguntaba si habían desayunado o almorzado. Yo no vi nunca una falta con esas personas.”

II

En la entrevista, Lutgarda Balboa Egües hace un alto para referirse a una foto enorme en la sala de su casa, el registro gráfico de su memoria más preciada junto al Comandante en Jefe.
Cuenta que sucedió por los años 70 del pasado siglo, cuando la designaron para que atendiera a la esposa del presidente de Chipre. Para aquella visita se propuso un paseo en barco por la bahía de Jagua. “En ese momento estuvimos contactando mucho tiempo juntos. Conversamos mucho, me preguntó de todo, sobre la provincia, la educación, los jóvenes, entonces le dije: ‘Comandante, ¿usted sabe que yo, tantas veces que hemos compartido juntos, no tengo ninguna fotografía con usted?’”.
Recuerda Lutgarda que, sin más ni menos, le dijo: ‘vamos a retratarnos’, y la acercó con su brazo sobre el hombro. “Él estaba con la chamarreta del traje verde olivo donde le habíamos puesto un camaroncito, en representación de la provincia, y la pañoleta de los pioneros, como era costumbre”.
“Ese día fue muy feliz, compartimos por mucho tiempo e incluso probamos de la comida que preparó junto a los cocineros del barco”.

III

Luga no derrama lágrimas, aunque a ratos la voz se entrecorta, hace una pausa, cierra los ojos y vuelve a sus vivencias para contarnos la historia.
“Yo he pasado unos días muy amargos, porque lo quiero y lo he querido siempre, para mí ha sido un paradigma. El homenaje más grande que podemos darle es seguir su legado. Laborar donde estemos, bien, con eficiencia, trabajar con los jóvenes y cuidar mucho la Revolución”.

 


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