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Trump: frustraciones y euforias no cambian realidades

Por Pedro Campos

Donald Trump y Bernie Sanders.  Foto: thehill.com

Donald Trump y Bernie Sanders. Foto: thehill.com

HAVANA TIMES — Lamentos y triunfalismos poco ayudan a comprender lo que está pasando en EE.UU. y cuál es el sentir, complejo, diverso y contradictorio de su pueblo, así como las dinámicas de su sistema político, tan vilipendiado por adversarios y tan glorificado por partidarios que lo ensalzan cuando sirve a sus intereses y lo denigran cuando no.

Libertad de expresión: de izquierda a derecha, todos los candidatos pudieron expresarse abiertamente, usar los medios, divulgar sus plataformas y debatir con sus adversarios en diversa forma. Bernie Sanders, el socialista, tuvo las mismas posibilidades que Donald Trump, el millonario, liberal y negociante.  No hubo barreras.  Los golpes bajos abundaron de ambos lados.

Destacado: Trump, un independiente, se impuso contra la maquinaria de un gran partido y luego contra lo que parecía la gran mayoría de la nación.

Lógica: un país, donde el dinero manda, ahora es presidido por un multimillonario.

No hubo incidentes graves durante las elecciones. Tranquilidad, alto nivel de participación. Hablaron las urnas. Discusiones entre amigos y familiares por apoyar a diferentes candidatos, no terminaron en tragedia, separación o enemistad. La política no llega a obstaculizar lazos familiares o amistosos. Discusiones con pasión, pero con tolerancia.

Miles de opositores, luego del resultado oficial, salieron a protestar a las calles. Algunos con actos violentos. Unos pocos queman banderas de EE.UU., pero no hay represión violenta. La decisión electoral puede no compartirse y hasta protestarse, pero no cambiará y deberá respetarse.

El país está dividido internamente, pero no frente al exterior.

El sistema político se debe a un complejo de compensaciones que algunos cuestionan. El voto electoral por estado es el que concede la presidencia. Lo ganó Trump. El popular, que por un mínimo perdió, decide solo en cada estado, no a nivel nacional. Esto se relaciona con el nacimiento de la nación como una federación de estados con iguales derechos.

También por eso hay dos cámaras: el Senado, donde cada estado tiene la misma cantidad de representantes, no importa el número de ciudadanos y se abordan los problemas con un enfoque federal y la Cámara de Representantes, donde la representación es proporcional a los habitantes por estado y en la cual se dirimen e imbrican los más complicados problemas de todas las localidades y la nación.

Hay estados donde la democracia directa parece más efectiva. Quizás sus experiencias positivas deberían generalizarse. Pero sin duda se trata de un modelo que funciona y logra ser representativo.

No solo se votó por el presidente, también por una parte del Congreso, de los gobernadores y de funcionarios estatales, incluso jueces y jefes de policía. Se votó por leyes en los estados, como la legalización de la marihuana medicinal y otros.

Es el resultado de una historia colonial y anticolonialista al mismo tiempo, de cowboys arrebatando tierras a los indígenas y de esos últimos en defensa de su supervivencia, de criollos de origen irlandés y africano contra los ingleses, de la esclavitud y la discriminación y de las luchas contra ellas, de sus muchas inmigraciones, del trabajo por mejorar frente al capital, de los intereses de todas las regiones y etnias que aquí conviven ya en paz.

El péndulo político se había corrido demasiado a la izquierda, debía ahora moverse hacia el centro buscando la derecha. Algunos esperaban que después de un negro cuasi socialdemócrata, le tocara la presidencia a una mujer y luego a un gay. Pero según ese sistema de compensaciones, más bien le correspondía a un blanco liberal, me dijo un amigo.

Frustraciones y euforias aparte, la realidad es que salga quien salga, las instituciones y la sociedad civil cuentan y no solo al final.

Ningún presidente podría desconocer al Congreso ni a la Comunidad de Inteligencia ni a los diversos y contradictorios intereses y valores creados durante más de dos siglos.

El discurso altisonante de campaña de Trump tendrá que adaptarse a realidades económicas y políticas contra las que no puede ir ningún mandatario. La internacionalización del capital, la globalización de la economía y de las prácticas culturales más populares no las puede impedir ningún gobernante en un mundo intercomunicado.

EE.UU. seguirá su andar con Donald Trump y si este intentara pasar por encima de todas esas realidades nacionales e internacionales, ya aparecerán las protestas, las limitaciones y las adaptaciones…y los impeachments.


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