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Agasajo para mis profesores

Yanelys Núñez Leyva

Foto: Angenita Jansen

Foto: Angenita Jansen

HAVANA TIMES — Un agradecimiento a Estrellita que impidió que mi madre siguiera planchando las puntas de mi libreta escolar, enseñándome las posturas correctas para escribir, ayudándome a concentrarme en la realización de las tareas -sufría un poco de hiperactividad-. Estrellita desarrolló mi amor hacia la pintura, aunque fuera de sus clases de Educación Laboral no pudiese dar un brochazo decente, sus alentadores comentarios me hacían interesarme en el mundo de las artes.

Otras palabras de gratitud para Nora, que fue maestra de mi madre con tan solo 16 años, y que luego en mi tiempo, también me habló de su gran pasión por las letras, y me ayudó a memorizar numerosos versos de Martí, así como me motivó a declamarlos frente a todos, con gestos exagerados, melodramáticos, pero sintiéndolos muy cerca.

También está Felipe, tan entusiasta, tan excéntrico, disfrazado de payaso en medio de escandalosos matutinos temáticos. Con atolondradas clases de ciencias exactas que nos ayudaban a ser estudiantes cada vez más competitivos. Pues nadie de esa generación puede negar que cada semana de ese curso primario, la carrera por ganar la emulación entre el 5to 1 y el 5to 2 de la escuela Manuel Ascunce, marcada por la obtención de mejores promedios y no por trabajos voluntarios, se hacía una adicción.

En secundaria básica llegaría Yandy, un espirituano al que también le debo mi agradecimiento, casi tan joven como yo, un profesor General Integral que amaba a Buena Fe, y que me orientó en la equívoca hora de escoger una carrera. Sin su ayuda, hubiese estudiado informática, “vocación” de moda por esos tiempos, y para nada hubiese enrumbado mi camino hacia el preuniversitario.

El IPUEC me trajo otros regalos… un Julio y un Nápoles apasionados por la historia, por los relatos del pasado. Tan atento el uno, tan sagaz el otro.

(Breve nota de reconocimiento para Samuell, pues sin el rigor de su dirección, sin sus paseos por los aleros en las noches de autoestudio y demás estrategias de control poco ortodoxas, la beca hubiese sido el doble del infierno que, sin duda, fue).

Y luego la Universidad, la Facultad de Artes y Letras… Pobres los estudiantes actuales que no pueden disfrutar de la picaresca (picaresca qué o será la picardía) de Enerdo durante las largas travesías por La Habana… o de la estimada Yolanda que en cada clase nos recitaba un poema sobre arte caribeño -lo suyo sí era Spoken Word–  o de la voz baja, precisa de Rolando -otro que ya no está- ensenándonos la identidad de los verdaderos héroes cubanos y la “Insoportable Levedad del ser” en comentarios nada ajenos a sus clases de estética…

O de la Menéndez descubriéndonos el cuerpo religioso afrocubano, como practicante, estudiosa, persona amena, que me hizo amar mucho más las raíces con las que me identifico.

Puede que con el tiempo uno idealice las cosas y se olvide un reprobado, una baja nota sin justificar, un regaño frente a todos o las malas condiciones en las que tuvimos que recibir las asignaturas…

Sin embargo, idealizar a estos personajes se hace un gusto cuando a uno le quedan los buenos recuerdos de haber compartido almuerzos juntos, una palabra amable, una clase magistral, un consejo oportuno…

Mi felicitación para ellos, ¡dondequiera que estén!


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