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Cuando el olor a cedro invadió a Cienfuegos

“Perdurará todo el cedro, sus raíces, su tronco, ramas y hojas; su olor, su sombra y su voz. Perdurará todo del tiempo de los cedros”*.

Como hijo de carpintero que soy conozco muy bien el olor a cedro. De pequeño disfrutaba el aroma de la madera cuando la sierra hería su fibra. Luego, por un tiempo permanecía en el aire la fragancia inconfundible y arrobadora de la conífera, la misma que al acostarme cada noche llegaba hasta mi cama, a poca distancia del taller.

Después de tantos años percibí el mismo perfume, ¿o fue tal vez el efluvio evocado por las tantas emociones experimentadas en el momento de ver pasar muy cerca de mi la urna de color cobrizo portadora de tan preciada carga?.

La noche era cómplice nuevamente: pero esta vez la emanación llegaba con la mezcla de calidez desprendida por la transpiración que miles de corazones, en su palpitar violento y acelerado, hacían exhalar por los poros el sentimiento contenido.

No era el olor a lágrimas, aunque las hubo, el que inundó mi derredor. Fue el inefable hálito a orgullo de cubano por estar viviendo, quizás, los momentos más trascendentales de mi vida y la de mis coterráneos. En aquel pequeño receptáculo de cedro iba el gigante de Cuba camino a la inmortalidad.

Entonces, lo imaginé en su Birán natal mientras correteaba entre los espigados y olorosos árboles que al viejo Ángel le gustaba plantar. Los mismos que apuntaba a sus compás para afinar la puntería con su escopeta de casa.

Siempre sintió un particular predilección por la planta, puede que haya sido la preferencia del padre, o tal vez fuera el disfrute del aroma a cedro impregnado a los puros prestos a ser fumados.

¿Acaso aquel niño a mi lado, cansado por las horas de espera, más con ojitos fulgurantes de orgullo no aspiraba se olor? ¿Tampoco olía lo mismo que yo la anciana apretujada en la compacta masa, o el joven del dibujo en rombo rojo y negro estampado en la mejilla?

Después me di cuenta de que el sentido del olfato no eran precisamente el predominante en la ocasión. El pensamiento y la razón concentraban en ese momento toda la atención. Había que desatar las emociones y para ello solo bastaban la vista y las palabras.

“Yo soy Fidel”, “Yo soy Fidel”, “Yo soy Fidel”, fue el coro gigante trasmitido de cuadra a cuadra a lo largo de las arterias de la ciudad, por una multitud enardecida que aclamaba a su líder rebelde, al Comandante invicto, cuando en caravana victoriosa había emprendido la marcha definitiva hacia el Olimpo de la historia.

De regreso a casa, iba con el corazón apretado por el adiós, es verdad; pero volví confiado en el provenir seguro de mi Patria, el mismo que Fidel había plantado en el alma de sus compatriotas; tal cual semillas fértiles como aquellas que dieron robustos cedros en Birán.

 

Fragmento del libro “Todo el tiempo de los cedros”, Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz, de la periodista y escritora Katiuska Blanco


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