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La Anunciación: un hervidero de emociones encontradas

Historia de fracturas y quiebres, de rencores postergados, mentiras, verdades particulares no compartidas en la ajenitud, contradicciones familiares, desencuentros y acoples, negociaciones inconclusas y desperfectos varios de esa máquina de errar que somos los humanos, La Anunciación (Enrique Pineda Barnet) continuó legitimando -y sustanciaría mediante su presencia- esa zona del espacio dramático que en la pantalla cubana ha atisbado la complejidad de nuestra naturaleza y la ilustrara a través de la expresión de diferencias, polaridades u otredades equis, desde los tiempos aúreos de Memorias del subdesarrollo, pasando por las no menos atendibles Reina y Rey, Suite Habana, Barrio Cuba, Viva Cuba, Video de familia, Dos hermanos o Tres veces dos, hasta La noche de los inocentes, Personal Belongings, Mañana, La guerra de las canicas, La pared, Madrigal, Los dioses rotos, The Ilussion, Brainstorm o Unamimidad, significativas por una u otra razón.

Pineda Barnet, con un lugar en la historia del cine latinoamericano merced a su La bella del Alhambra (1989), de cierto no parte de una instancia de libreto en modo alguno original: el reencuentro familiar, territorio dilecto desde hace quince años en el cine independiente norteamericano, sin ir más lejos. Lo que sucede es que este sabio guionista y realizador rentabiliza a grado sumo ese tránsito más o menos sabido en lo que se sustantiva en sí misma como una prerrogativa argumental cubana: la separación de las familias a través de medio siglo en tanto consecuencia de la obtusa política estadounidense, con el grado de dolor mutuo por ello motivado; y lo hace el guionista/realizador sobre la implantación y maravilloso desarrollo en pantalla de personajes -seguramente ecuaciones derivantes de aquella compleja matemática de disparidades- de extraordinaria solidez dramática cuyas vacilaciones, dudas y conflictos emocionales me recuerdan a las mejores creaciones dostoievskianas, chejovianas; e incluso al Padres e hijos, de Turgueniev.

Son estos hermanos, el mayor Ricardo y el más joven Mayito, los dos varones que permanecieron en Cuba, machihembrado uno a la decalogía revolucionaria, aunque de antónimos nortes de conducción el otro, y la hembra, Margarita (Broselianda Hernández, actriz mayúscula, proveniente de un universo de gracia, inmensa aquí como antes lo fuera en Mata, que Dios perdona), quien emigró a los Estados Unidos en tiempos del Mariel y a la cual no se le escapan de los oídos aquellos tronantes “¡Que se vayan”¡, gente curtida en el dolor, sostenidas o rehechas como personas en la creencia o el desdén por el axioma, el dogma o la carne de lo establecido. Menos o más infelices e incompletos del todo los tres, junto a la madre, Amalia, y la presencia semifantasmal del paterfamilias, el finado Octavio -presente por la vía de hitchcockianos cameos del director-, sin olvidar al niño Cristóbal, llenan las líneas en blanco de un hexágono de humanidades reacias a comprender su fundamentación sobre la convergencia de diversos ángulos. Aunque el libro cinematográfico tienda puentes varios para salvarlos del choqueo total.

Filmada en digital tras un, como ya no asombra, extenso preludio de años antes del rodaje, esta cinta ganadora del Gran Premio a la Mejor Maqueta de un Largometraje de Ficción en el Festival de Cine Pobre de Gibara, a la manera del cuadro de Antonia Eiriz del cual toma el título y en cuyo tratamiento visual se inspira la historia, sugiere, reclama o advierte en torno a los en ocasiones invisibles cordones que conectan y echan piso al devenir. Observada dentro del campo argumental del filme y sospechada ya fuera de este, como el buen arte así permite, la figura de Cristóbal acaso sea la mejor parábola para procurar esa convocatoria casi bíblica al entendimiento mutuo, el amor y la comprensión/tolerancia desde la diferencia que es la película toda; y en ello Pineda Barnet ha empleado al personaje de este niño con la misma astucia del cine iraní en su función de instancia representativa del futuro.

Es obvio que la intención del autor de La Anunciación no estriba en dirigirse a un consumo fácil y un fugaz olvido, sino motivar la reflexión, el pensamiento; procurar un autocrítico ejercicio colectivo de mirarnos por dentro, al cual seguramente contribuirá por la elocuente fuerza propositiva del relato.

Esta pequeña gran película de cuatro pesos, casi de cámara en su hechura minimal, podría haberse convertido en una obra grande, sin fisuras, de no crujir en varios puntos: 1) la cuestión del esoterismo, el “misterio”, las apariciones y los rayos de castillo del conde Drácula sobre la vieja casa del Vedado donde transcurre la acción no tienen que ver con esta cinta, perdieron su camino, pese a la “labor” de espiritista del personaje de Amalia, defendida por Verónica Lynn, e incluso el desenlace que en cierto modo pende de alguno de estos elementos; 2) era preciso mayor peso en pantalla al desarrollo de la relación entre los personajes centrales de Ricardo (Héctor Noas) y Margarita, quienes debían configuran el vórtice del conflicto. Ricardo y Mayito están en Cuba; o sea, no hay reencuentro ¿por qué concederle tanta relevancia a sus desavenencias o querencias, solubles o no luego¿; 3) el amago de incesto sugerido entre la huésped y el primogénito, a través de la pulsión sexual del beso refrenado, no tiene ni explicación ni derivación dramática, y hasta las sugerencias llevan su tratamiento en el cine; 4) resulta lamentable la dispersión provocada en la trama por el inserto de supuestas historias paralelas al relato (esos fotógrafos y gráficas perdidas, el romance frustrado del Malecón, la punto menos que pueril secuencia del adiós lacrimoso antes de la partida en balsa). Este es uno de los subrayados innecesarios de la película, resentida puntualmente en diálogos que en ocasiones pierden la posibilidad de modelar mejor el barro del individuo ante la tentación de machacar la idea con sentencias quizá correctas consignadas en el discurso político del documento, pero algo desentonadas en el parlamento coloquial de una narración fílmica que va hilando secuencias convincentes con algunos fragmentos confusos.

Atractivamente imperfecta, magnética en su acercamiento a la desolación de personajes que nunca son maquetas a escala de arquetipos, adulta en planteos de la realidad social vodebilizados por no pocas comedietas cubanas, sugestiva en la dirección de arte de la experimentada Nieves Laferté, prolija en sus referencias artístico-literarias, la cinta -no obstante sus imprecisiones-, supone otra estación de avance en la recta de superación seguida en el decurso cercano de la pantalla nacional. Un aplauso para Pineda Barnet.


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