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Leones cienfuegueros con primos rusos

Cienfuegos es también la ciudad que más me gusta a mí, parafraseando el estribillo de la emblemática canción de Benny Moré, porque tiene atardeceres increíbles, mujeres altivas, Maroyas como ninguna otra, personalidades ilustrísimas, un eclecticismo que sabe a paella bien cargada y riquezas para compartir. ¿Quién dice que los cienfuegueros somos orgullosos?

Vivimos la euforia de una urbe elegante, sobria y bien pensada, la de los frontis, las cúpulas, los leones… Y precisamente, de dos de ellos, los más añejos, quiero especular, porque mucha tinta se ha gastado acerca de los cuadrúpedos marmóreos que reciben juntos desde 1925 al Astro Rey, y a todo aquel que ingrese a la antigua y atípica Plaza de Armas, hoy parque José Martí, por el Este.

Pues bien, cuál no sería mi sorpresa, cuando allá por el año 1981, durante mi estancia en Crimea debido a mis vacaciones de estudiante universitario en la URSS, visité en la ciudad de Alupka, el espléndido palacio (convertido en museo) del príncipe Mijaíl Semiónovich Vorontsov —nació el 19 de mayo de 1782 en San Petersburgo y falleció el 6 de noviembre de 1856 en Odesa—, hijo del embajador ruso en Londres. En esa mansión de verano, construida bajo diferentes estilos ingleses y con un pórtico genuinamente árabe que da al Sur, encontré dos regias figuras de mármol con un parecido extraordinario a nuestros citados reyes caribeños, guardianes de la parte superior de una extensa escalinata que baja hasta el Mar Negro.

León de mármol en la parte superior de la escalinata del palacio (hoy museo) del príncipe Mijaíl Semiónovich Vorontsov, en Crimea. / Foto: Gennadi Fokov (2012)León de mármol en la parte superior de la escalinata del palacio (hoy museo) del príncipe Mijaíl Semiónovich Vorontsov, en Crimea. / Foto: Gennadi Fokov (2012)

Aquellas figuras, realizadas por el artista italiano Giovanni Bonnani, están acompañadas de otras cuatro: una pareja sentada sobre sus patas traseras (en el descanso) y las restantes, dormidas (en el nivel inferior). Con el emplazamiento de las esculturas, finalizó la construcción del palacio en 1848.

Una simple operación aritmética nos indica, que entre los “grandes gatos” adquiridos por Emilio Fernández Cavada en Nueva York (1862), bajo el encargo del gobernador cienfueguero José de la Pezuela, y sus congéneres ucranianos solo median catorce años, y estos pueden ser menos si tenemos en cuenta que las estatuas felinas locales tuvieron que ser labradas antes, para su posterior traslado a la Gran Manzana, pues los investigadores, no sé por qué, indican su origen en España o el Reino Unido, y no en Italia, donde también se exhiben leones en varios escudos nobiliarios antiquísimos, y que asimismo aportó (según consenso) la dura y prestigiosa piedra caliza que los distingue.

Por otro lado, es muy llamativo que estos inanimados señores de la selva sean tan parecidos a los europeos —el hocico, la boca medio abierta enseñando la lengua y el ceño fruncido son calcados— y los “algo más peinados” colocados cerca de la piscina del hotel La Unión —soportes primigenios del mostrador de la farmacia La Purísima—, como si siguieran un patrón de moda por aquellos años decimonónicos, que no creo repitieran aburridamente en varias naciones del Viejo Continente con tal similitud. Baste el ejemplo de la Bella Durmiente del cementerio de Reina, con una hermana conocida en la península itálica.

Pudiera ser que existan otros familiares melenudos similares desperdigados por el mundo, pero solo sé de estos seis después de buscar por Internet.

Queda abierta para los expertos y especialistas la interrogante sobre identidad o vínculo de estas admirables piezas de la estatuaria. Por lo pronto, y con todo el respeto debido a estos anónimos y amenazadores monarcas del parque, debiéramos darles un nombre a cada uno, con cariño, como los que ostentan sus parientes Patience (Paciencia) y Fortitude (Fortaleza) desde 1911 frente a la New York Public Library, en la misma fría urbe desde donde pusieron proa a la Perla del Caribe hace algo más de siglo y medio, para cada día recibir al Sol con un rugido de bienvenida.

Fuente consultada:

1.- Oficina del Conservador de la Ciudad.


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