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Los reguetoneros las prefieren rubias

Desde El nacimiento de una nación (1915), al mando de ese padre fundador del lenguaje fílmico y estratega mayor del montaje en la pantalla primigenia EUA nombrado David Wark Griffith, dicha cinematografía inoculó al nitrato de su celuloide un repudiable racismo que discurrió de muy explícito –entonces– a más o menos velado, al paso de las décadas. En 1991, Spike Lee, otro gran cineasta (afroamericano este), estrenó Fiebre salvaje, entre los filmes de menor dignidad moral de su carrera, por el racismo a la inversa (de negros hacia blancos) propalado en los subtextos del relato.

De forma más descarada, su compatriota, la cantante Beyoncé financió y protagonizó otro alegato racista del mismo corte –de afrodescendientes a caucásicos– en el thriller Obsesionada (2009), ambos reseñados en su momento por este comentarista. A la larga la película constituyó solo un acto más de su penosa hilera de adulaciones y de muestras de sumisión al rapero Jay Z, su pareja totémica: pleitesías cameras de hembra rendidora, sin necesidad de amplificar a los públicos, que ya rechacé desde el video clip Déjà vu (2006) y llegué a repudiar en ese clip-culmen de la ultra mitificación masculina nombrado Partition (2015).

Como lo último resultaría mejor atendible desde una perspectiva de género, dejémoslo ahí y vayamos al tema en concreto: el racial. Toda forma de discriminación es censurable, cuales fueren su molde o procedencia. Si impugnación merece la expresión clásica, igual lo concita la variante manifestada en piezas como Fiebre salvaje u Obsesionada. O el corte expuesto en buena parte de los videos de reguetón actuales: el autorracismo.

El autor realizó un estudio comparativo a partir de una muestra aleatoria de 550 clips del género facturados entre 2013 y 2016 en República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Colombia, Panamá y Estados Unidos. Durante un período de tres meses visioné y analicé cada uno de estos materiales, desde el prisma referido. Los resultados son estos: De los 550 videos, 397 fueron hechos al servicio promocional de artistas negros o mulatos. La composición étnica de las modelos empleadas en estos últimos clips, sin embargo, fue así: 82 por ciento de bailarinas de raza caucásica (de ellas, el 51 por ciento rubias); solo el catorce por ciento negras y el resto asiáticas. Por ende, es factible “robarle” a Howard Hawks el título de su cinta de 1953: Los caballeros las prefieren rubias.

Al margen de que en la mayor parte de los casos los propios reguetoneros no son los autores del video, pues son filmados por realizadores, todo cantante supervisa y avala la terminación del servicio contratado. De tal que una exoneración de culpas, para endilgársela a los directores, no procede.

La amarga verdad es, que unido a los demás defectos del género, tiene lugar en gran parte de la producción videoclipera del área caribeña esa forma peculiar –y no menos abominable–, de racismo, consistente en abjurar de la propia raza de los cultores, en función de “privilegiar” a las modelos blancas.

Pese a todo cuanto tengo en desacuerdo con el rap traicionero de las esencias sociales del hip hop que se está produciendo en los Estados Unidos hoy día, debo reconocer que los practicantes negros del género allí no incurren, a tal grado, en semejante insania. Lo predominante en dicho contexto, excepciones al margen por supuesto, es magnificar visualmente la exuberancia física de la mujer negra en sus caderas, glúteos, muslos: esa que el mismo Spike Lee muestra, cuan voluptuosa es, en su Chi-raq (2016). Sí, de acuerdo, desde la perspectiva de género los trabajos son la misma basura, pero al menos defienden, visibilizan y justiprecian a su raza; no la minusvaloran.

Por el contrario, segmentos de los reguetoneros caribeños de raza negra (no todos, y quienes no lo hacen merecen respeto por mantenerse firmes en un entorno así) creen añadir enteros a su falaz condición de macho alfa, a partir de una posición de ente dominador de la mujer blanca, en programática aptitud de ella de dependencia de su presunta masculinidad omnívora. ¿O quizá, por el contrario, estén protegiendo de la humillación servil a las de su propio color?

Llevo un cuarto de siglo escribiendo de temas parecidos y nunca creí tener que llegar a un punto donde precisase dedicar un comentario a asunto así, capaz de provocar tanta vergüenza ajena. A las estadísticas manejadas aquí podrían establecérseles numerosas reflexiones. Yo tengo otras muchas, pero como dice el amigo Taladrid, esta vez les dejo que saquen sus propias conclusiones.


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