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Matar a todos: Las garras del Cóndor

De la película del uruguayo Esteban Schroeder, Matar a todos, se puede decir lo mismo que el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, expresó del libro de Stella Calloni, Operación Cóndor. Pacto Criminal: “Queda al desnudo, mediante un lenguaje preciso y sin estridencia, (…) una alianza de muerte que transcurrió alrededor de nuestras casas y de nuestras vidas”.

Justamente en el imprescindible material de la Calloni se dedica un apartado al capítulo uruguayo de este conocido pacto criminal entre Washington y las dictaduras militares del cono sur latinoamericano, segmento en el cual la periodista y escritora argentina demuestra, con informes y archivos desclasificados a la mano, la implicación de las fuerzas armadas y policiales del régimen de Montevideo en los secuestros y desapariciones sistemáticas perpetrados al amparo del siniestro Plan Cóndor.

Matar a todos, sobrio, contenido, realista, meticuloso y casi a contracorriente thriller político, focaliza el caso real del químico y agente de la tristemente célebre policía pinochetista DINA, Eugenio Berríos -quien por orden del sanguinario dictador elaboró un plan para fabricar gas sarín y bombardearlo en ciudades, así como otros experimentos criminales-, durante su permanencia en Uruguay a partir de 1993.

Período en la práctica posterior al Plan Cóndor, pero durante el cual el cuerpo castrense de esa nación utilizó la metodología típica de entonces, a fin de impedir la develación del misterio y el acto de presencia de Berríos como testigo en sonados juicios contra asesinos de la Operación.

El personaje central del filme es la abogada Julia (Roxana Blanco). Se trata de una ex luchadora de izquierdas; hija de un general represor quien sin embargo -la sangre manda- la salvó de las torturas; casada y con un hijo, pero vinculada afectivamente a un antiguo compañero de batalla. En ella descansa gran parte del peso dramático del largometraje, y de sí depende el encauce de la labor de investigación y búsqueda de los entresijos del Caso Berríos.

El personaje todo debe hallar las claves para entenderse a sí mismo en interrogantes formuladas a ecos que habitan en territorio del pasado, y funciona como una metáfora del estado psico-emocional colectivo de una nación e incluso una región, que precisa resolver, aclarar, despejar, sacarse de su cuerpo ese dolor pretérito para estar en paz con su conciencia.

Como asegura uno de los seres que pueblan esta a ratos intimista evocación: “la verdad duele, pero cura”.

Schroeder, quien de joven sufrió en su pellejo las vejaciones de los militares, no apuesta por la -en ocasiones a nivel de sociedades- jugada carta del olvido, y provisto de una sutileza infrecuente para un tema que tienta a lo retórico, concibe una película que sitúa el drama vivido por estos pueblos desde un vívido ángulo de cercanía que desmorona cualquier interpretación reduccionista sesgada o tergiversada del fenómeno.

De suerte que su obra constituye un viaje de reconstrucción de la memoria histórica reciente de su país, pero en un desplazamiento menos interesado en autos de fe o urgencias punitivas carentes del poder de traer de vuelta a los muertos, que en anhelar que prevalezca la verdad como factor de preservación y aviso.

“La verdad es como las partículas elementales: no se puede dividir”, nos recuerda Michel Houellebecq en su famosa novela, y la dura verdad es que las estructuras castrenses penetraron tan honda y de tan variadas formas en estas sociedades, a veces vinculando consigo a su pesar a tanta gente, a veces sirviendo de plataforma de enriquecimiento de determinados sectores, a veces provocando quiebres familiares que ubicó en las antípodas ideológicas a hermanos e hijos (ver la misma circunstancia filial de Julia), que algo mayor no operaría en la práctica.

Coproducida con chilenos y argentinos, la cinta -calificada por el ente fílmico de Montevideo como Proyecto de Interés Nacional- coadyuva a mantener atenta la mirada sobre el cine uruguayo de última línea, aunque, justo sea decirlo, sus resultados no son netamente redondos.

Si bien las tonalidades de Schroeder en la coloración de su thriller político difieran de los grados de unos Costa-Gavras, Steven Soderbergh o Alan Parker (lo suyo colinda más con el drama cuasi minimalista), su propuesta acusa abusivas cuotas de morosidad en el tempo de la segunda hora en pantalla.

Semejante ruptura en los códigos del género abre brecha a un aire de gelidez en una zona donde para rematar tampoco empalma la historia secundaria de contenido humano del viejo amor de la protagonista; ni la tensión dramática halla su campo más fértil.


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