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Muchacha de farol y cartilla

Eran tiempos distintos, de Revolución nueva; y aquella muchacha de 17 años, tomó farol y cartilla, y marchó junto a otros como ella a enseñar a leer y escribir. No resultó fácil enfrentarse a peligros desconocidos, pero el mayor miedo era convencer a Chicho, su padre, para que la dejara subir a las montañas del Escambray.

Hasta allá se fue, llena de sueños, pensando en el hoy de mañana, el día en que Cuba sería la geografía de hombres libres, esa libertad que la concede el hecho de poder firmar con todos los nombres y apellidos.

Llegó a una casa típica de campo, de familia humilde y numerosa, en la finca Las Californias, en Güinía de Miranda, jurisdicción de Las Villas. Hacía unos días había estado en la zona, “Chichí Mascá” y su banda, y todavía un halo de terror ahuyentaba a los candidatos a alumnos. La escuelita estaba cerca, cruzando el río, y Tomasa, la “doña” de la casa, le acompañaba a la sesión de la noche, a la cual asistían los campesinos.

Algunos días ayudaba en la escogida de tabaco, movía los cujes y hasta torció algunos puros para ayudar en la faena. Aprendió a tomar el café puro, descascararlo en el pilón y hacerlo polvo en el molinillo.

Casi un año después, ya era una más en la familia; los niños, muchachos y hombres rudos de faena, leían y escribían, y el mundo era otro para ellos. También para la maestra, quien entre aquellos guajiritos encontró el amor, que tras 55 años es todavía su compañero de todos los días y las noches, como aquellas cuando se conocieron y el farol iluminaba las caras sorprendidas de quienes no conocían la luz.

Es el hoy de mañana, y se mecen en los sillones, haciendo las anécdotas de entonces a los nietos, mis hijos.

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