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Nader y Simin, una separación: las complejidades de la especie en sutil e inteligente filme

Extenso plano-secuencia, filmado según el planteo más contemporáneo del cine o la teleficción occidentales, pone en movimiento la contundente maquinaria de ignición dramática de Nader y Simin, una separación (Asghar Farhadi). La pareja protagónica que da nombre al filme —de treintitantos, apuesta, clase media, buen apartamento, auto moderno— habla directa y frontalmente a un juez elidido en pantalla (verbalizan por ende a cámara, al espectador) sobre su divorcio. Discuten, enarbolan puntos de vista.

Ella, en presunción, desea abandonar el país. Él no puede, porque debe cuidar al viejo padre, enfermo de Alzheimer. Cada quien, sin embargo, se reserva argumentos; oculta profundas verdades personales. Emergidas, o casi, a su momento. Bien adelantado el relato, sabremos, en voz de la hija de ambos, que Simin, por arriba de cualquier interés, anhela sobre todo un “por favor, quédate junto a mí” del hombre a cuyo lado ha vivido por espacio de catorce años; no obstante, este, aun queriéndola, es incapaz de decírselo. Somos así: lo mismo sea en Irán, Singapur u Holguín.

El director, en ningún caso, afinca simpatías sobre una u otra criatura. Ni reconviene ni señala; limítase a exponer. Será igual, en ambos ítems, durante la película toda: sometida la historia a una lógica de suministración informativa progresiva, con arreglo al interés expresivo de la escena o el perfilado psicológico de los mencionados personajes; exenta de juicios morales o posicionamientos críticos sobre Nader y Simin (partido deberá tomar, si acaso, el narratario) ni sobre otros dos nuevos personajes quienes inundarán la escena al promediar el metraje.

Forman los últimos citados una pareja menos favorecida. Él, desempleado, con acreedores rondándole. Su mujer, embarazada, sin trabajo también. Aunque deba levantarse a las cinco de la mañana para viajar largo trecho del extenso Teherán, ella decide ganar algo de dinero cuidando al padre de Nader, mas sin comunicárselo al endeudado esposo (las leyes religiosas islámicas prohíben la permanencia en solitario de sexos opuestos en espacios cerrados). El anciano enfermo, fuera de sus cabales, se le escapa. En su búsqueda, la sirvienta resulta atropellada por un coche. Los dolores sufridos en la noche le harán amarrar al señor a la jornada siguiente, para darse una escapada al médico. Nader, airado tras percatarse de tal salida, la saca bruscamente de casa. Ella, en el juicio legal desencadenado por la acción, lo acusará de perder a su embarazo de cuatro meses, luego de rodar por la escalera a causa del empujón propinado por el hombre. Nadie se preocupe, no cuento la película. El filme opera hemingwayanamente (por lo de su famosa “teoría del iceberg”) e igual mediante ambigüedad e indefinición, ex profeso.

Cuanto he enunciado a través de este segundo párrafo no pasa de la envoltura o de las simples líneas de relleno de una circunferencia cuyo real universo poliédrico habrá de descubrirse entre las capas de sentido de una obra muy generosa en ideologemas, niveles de lectura; e inteligente tanto en el empleo de las gradalidades narrativas como en la dosificación dialogística. Se trata la de marras de una película cuya ingeniería o arquitectura de relato precisa más la atención al detalle, a la acumulación de hechos, que al “todo de la trama”.

De forma paralela, la quinta e inagualable pieza cinematográfica del realizador de A propósito de Elly analiza los comportamientos humanos de los cuatro personajes durante el proceso legal dictado contra Nader (más la hija casi adolescente de este) al tiempo que observa —y te envuelve en esa atmósfera— cómo dicha circunstancia vital influye en las emociones, sentimientos, ética, responsabilidad cívica, pautas religiosas, conciencia moral de Simin y su pareja pero también la de sus “antagonistas”. Dilemas, disyuntivas en que nos coloca a la especie la irrupción de determinado acontecimiento resultan palanca dramática de un filme el cual, salvando las puntuales observaciones en derredor de las restricciones derivadas del modelo cultural persa e islámico por extensión, podría estar ambientado en cualquier parte del mundo conocido. La materia de la raza, el nervio de nosotros los humanos constituyen en realidad la savia nutriente de la cual se apropia la ecumenista obra para conectar con diversidad de públicos. Por tal razón, resulta lastimosa la mirada con acento en lo político de tanta crítica internacional. Hasta aquí sale a flote la artillería pesada antipersa.

El guionista/realizador Farhadi conoce a sus semejantes tanto como de cine. Sus criaturas, sus fotogramas, encuadres, tono, tempo, climas, diálogos acunan signos del Moretti de La habitación del hijo y Caos calmo; del Benton de Kramer contra Kramer o La mancha humana; al Mike Leigh de Secretos y mentiras; de la pantalla francesa actual y del cine independiente estadounidense. Su impecable tino para dirigir actores, enrumbar la soberbia fotografía de Mahmoud Kalari y cortar a tiempo en el cuarto de montaje junto a Hayedef Safiyari no pueden salir sino del cúmulo de miles de horas frente a la pantalla, unido a su ya próvida experiencia propia de filmación. Su guardarse cartas bajo la manga lo aprendió con Hitchcock, los giros con Lang; la sencillez con los neorrealistas italianos, más tarde con Makhmalbaf, Panahi, Ghobadi, Kiarostami y el resto de la tropa iraní de la cual ya él resulta uno de sus más conspicuos exponentes, pese a su juventud o al virtual desconocimiento a escala planetaria. El Oso de Plata en Berlín ’09 por A propósito de Elly y el Oso de Oro de 2011 para la posterior Nader y Simin, una separación (merecedora además del premio a la mejor actuación femenina y masculina colectiva en dicho festival alemán; así como del Globo del Oro y el Oscar al Mejor Filme Extranjero en 2012) seguro contribuirán a expandir su nombre, ojalá su obra, a rango internacional. Se lo merece. Lo merecemos.

 

 


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