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Retorno a la nostalgia

La casa de las bellas durmientes es el retorno. Retornar a la juventud, retornar al amor, retornar al miedo, retornar al abismo del instinto, retornar al yo, retornar a la muerte, retornar a la vida, retornar…

En Memorias de mis putas tristes, Gabriel García Márquez intentó reescribir, desde el folklor latinoamericano, la que él consideró la única novela nipona que hubiese querido escribir. Lastimosamente para la memoria literaria del escritor colombiano, su obra no es siquiera un brochazo torpe de la de Yasunari Kawabata. Gabo tomó una idea magistral y la convirtió en un fiasco, en pura burla.

De ahí deviene que La casa de las bellas durmientes no es la historia de un anciano japonés en busca de compañía más joven, no es un simple relato erótico, ni tampoco un esbozo de las tradiciones japonesas; es lo insólito de leer a Kawabata y descubrir que nos ha recortado minimalistamente el alma.

El autor, Premio Nobel de Literatura en 1968, nos revela una verdad que avergüenza: todos somos viejos, aunque el exterior carezca de arrugas y aún pueda caminar los prados de la lucidez.

Nemureru Bijo, nombre original de esta novela corta, es la historia dentro de la historia. Varias corrientes subterráneas de sentido cohabitan bajo la aparente trama de Eguchi, el protagonista de la obra. Desde las referencias climáticas hasta las evocaciones constantes al pasado del personaje, van tejiendo otra novela plagada con significados que difieren de la corteza superficial que se aprecia.

“No tenía que hacer nada de mal gusto, le advirtió la mujer de la posada al anciano Eguchi. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido”. En el primer párrafo la anomalía se acerca: nos presentan al anciano, a una mujer que impone sus reglas, a una chica dormida. La rareza comienza justo en las limitaciones del cliente (Eguchi) con la mercancía por la que ha pagado (la durmiente) y ahí el mundo narratológico va levantando sus fuertes paredes de suspenso.

Portada de La casa de las bellas durmientes de Yasunari KawabataPortada de La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata

A Eguchi un amigo le ha recomendado cierto lugar secreto donde ancianos adinerados pagan por dormir junto a jóvenes narcotizadas. Con 67 años aún Eguchi siente atracción por las mujeres, razón que le hace meditar durante sus visitas si está en el lugar indicado. La narración muestra a un hombre donde las zonas oscuras y claras se funden sin miramientos: padre-violador, compresivo-despiadado, respetuoso-transgresor, esposo-adúltero.

Las razones que empujan a Eguchi a acudir a tan particular casa de citas se desligan aparentemente del tronco generacional que une a otros que acarician la vejez. Los ancianos pueden protegerse a sí mismos de ser descubiertos o burlados por la fealdad de sus cuerpos, revivir la juventud, gozar de compañía, disfrutar la nostalgia e incluso interpretar religiosamente estos encuentros como una manera de expiar antiguas culpas.

“(… ) le parecía que, entre los ancianos que venían secretamente a esta casa de las bellas durmientes, debía de haber algunos que no solo miraban con nostalgia hacia el pasado desaparecido sino que intentaban olvidar el mal que habían hecho en sus vidas.(…) Mientras yacían al lado de la carne de muchachas desnudas que dormían un sueño inducido, en sus corazones habría algo más que temor a la muerte cercana y nostalgia de su juventud perdida. Podría haber también remordimiento, y hasta inquietud, tan común en las familias de los prósperos. No tendrían ningún Buda ante quien arrodillarse. La muchacha desnuda no sabría nada, no abriría los ojos si uno de los ancianos la tomaba con fuerza en sus brazos, no derramaría lágrimas ni sollozaría, ni siquiera gemiría. El anciano no necesitaría sentir vergüenza, su orgullo permanecería intacto. Los remordimientos y la tristeza podrían fluir libremente. ¿Y acaso no podría ser la propia bella durmiente una especie de Buda? Era de carne y hueso, y su piel joven y su fragancia podían significar el perdón para los tristes ancianos”.

La realidad se presenta ante Eguchi: él está más cerca de esos ancianos de lo que suponía.

Con descripción minuciosa del ambiente Kawabata detalla la habitación donde transcurre el plano físico de la historia porque el resto se materializa en la mente del protagonista.Lo que empieza con incertidumbre se convertirá para Eguchi en una adicción controlable, pero igual de dañina para su ego. En cada muchacha que duerme a su lado, él deduce la virginidad de la carne. Las toca, examina sus dientes, las aprieta hacia sí, acaricia sus cabellos, sueña con ahorcarlas, violentarlas, sacar sangre de sus pezones, pero siempre termina controlándose e ingiriendo las cápsulas que la matrona deja para que él también duerma hasta el amanecer.

Las cinco muchachas son quizás los personajes secundarios más silenciosos de la historia de la literatura, sin embargo viven en los recuerdos que despiertan. Sus olores y texturas incitan en Eguchi el pasado y le muestran que la vejez está tan cerca que ya habita en su cabeza tomando la forma de la nostalgia.

Su madre, esposa, hijas y amantes, van dibujándose, a través de los sentidos, en el recuerdo que las jóvenes le evocan. Es precisamente en esos instantes que la humanidad aflora y Eguchi adquiere los matices que le hacen sentirse todavía como hombre y no como un vegetal senil. Ante el lector se deconstruye al padre amoroso, que también tiene oscuridad dentro y ha acudido en el pasado a niñas menores de 15 años para satisfacerse.

Sus investigaciones sobre el comportamiento de las durmientes traslucen que ningún intento suyo las despertará, incluso la muerte de algún cliente pasa desapercibida para ellas. En su última cita una de las dos chicas que le acompaña muere repentinamente y la dueña toma con la mayor naturalidad el asunto, indicándole que no se preocupe, que su nombre no estaría envuelto en tal situación y que en la cama aún quedaba otra chica para seguir durmiendo.

El final es parco, sobrio. Pero después de examinar el ambiente de magreo de la novela y su sordidez, ningún otro desenlace sería ideal, no hay mejor manera de terminar lo que ya está acabado que negarle adornos, dejándolo sin oportunidad de respirar.

Esta es solo la máscara. La magia y sensualidad que se esparce y corre, en la profundidadcon la ligereza de finos hilos de agua, le resta descubrirla al lector.


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