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Rubicón sugiere que el 11-S fue una acción interna

La teleserie Rubicón (Jason Horwitch) fue realizada por AMC, cadena de televisión por cable interesada en promover piezas de trascendencia de diversos géneros, a la manera de Los hombres de la Avenida Madison (Mad Men), The Killing, Heel on Wheels, Breaking Bad o The Walking Dead.

AMC no es HBO, pues no posee el poder financiero, volumen de producción, trayectoria histórica o incluso la jerarquía artística conseguida bajo la premisa de años de consagración del equipo de genios artífices de maravillas que van de Los Soprano a Juego de Tronos, pero ya atesora considerable palmarés dentro de los principales premios anuales del medio y representa sinónimo de calidad en sus entregas. Expresado mediante toda claridad: AMC también concita respeto.

La marca de fábrica o sello de la casa es la exquisitez en la atención al detalle y la parsimonia narrativa (sin apresuramientos dramáticos, todo a su tiempo, pausado), unido a la escritura de magníficos guiones poblados por personajes sólidos, completos, quienes evolucionan, crecen y se reinventan a partir del seguimiento al arco de sus conflictos. Si bien a veces exageran en lo primero; por ende ciertos capítulos adquieren consustancial plus de densidad, demandante de un esfuerzo extra y tendente a amodorrar al espectador.

Salvo su dinámica The Walking Dead, la teleserie de los muertos vivientes ninguno de sus trabajos ha logrado convertirse en un fenómeno de recepción masiva dentro de los Estados Unidos; incluido Rubicón, con índices de audiencia minoritarios. Al punto que precisaron cancelarla, tras su primera, única, temporada.

Thriller político en clave de crucigrama poblado por numerosas referencias al cine sobre conspiraciones de los ‘70 (Pakula, Pollack) explicitadas sin ambages en su puesta en escena –e igual en plan de homenaje, temporalmente atemperado, al universo de Graham Green o John Le Carré–, puede resultar ideal para muy disciplinados adeptos a las intrigas, códigos indescifrables y otras estratagemas del género de espionaje.

Rubicón mereció la bendición de varios críticos del planeta. Mas, pese a su innegable brillantez técnica, inteligente disección de ambientes y el cierto encanto que despide su estilo umbrío, crea expectativas que la solución del conflicto deja sin resolver: este deviene un mal compañero de bastantes teleseries, aun en casos de no poseer segundas temporadas.

Además, su ritmo a veces mortecino llega a convertirla en cansina por buenos trechos, sin olvidar el elemento de que ni su personaje central ni el actor que lo interpretan cuentan con la enjundia o el carisma requeridos para echarse en hombros una serie semejante. La trama solo cobra garra a partir del episodio 9. Rubicón se parece a las mujeres antiguas, le cuesta entregar cuanto tiene.

A destacar su abierta crítica a los desvergonzados e impunes modus operandi de las megacorporaciones: en la práctica dueñas del planeta. Y el cierre. Si bien bajo la premisa de otro escenario, deja caer por lo claro lo por muchos creído: que el 11 de Septiembre fue una acción interna. Cuando el personaje central descubre la conspiración casera, uno de los gerifaltes involucrados, le dice: “Está bien, ¿y qué?, redacta el informe, ¿a quién carajo le va a importar?”. Lúcida, harto valiente Rubicón, tratándose de una obra local.


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