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Varadero, el otro país

Por Fernando Aramus

Fotos: Juan Suárez

HAVANA TIMES — Realmente fue reconfortante y remunerador y, a la vez, un poco triste el haber vivido un tiempo en la playa de Varadero. Era el año de 1995 cuando mi padre y yo llegamos a la playa, él con su acordeón, y yo con guitarra en mano.

Para nuestra tranquilidad teníamos un familiar que vivía a escasos kilómetros de Varadero, en un pueblo pequeño llamado Central Humberto Álvarez. Vladimir Tamayo, hermano de mi padre, gentilmente nos albergó en su casa. Así comenzaron nuestras peripecias en Varadero, el otro país.

Un mes antes a nuestra llegada, impulsado por los aires del hotel Farallón del Caribe y el dulce gustito que le tomé a los verdes (USD) había estado en Varadero con mi exesposa María del Pilar Rodríguez, con la cual tenía un dúo musical nombrado Imagtro (Imagen de la trova) tanteando el terreno. Y pude corroborar que se hacía buen dinero.

Al regreso a Bayamo me fui a visitar a mi padre. Estaba tirado en la cama de su cuarto muy preocupado y algo alterado de los nervios porque lo habían expulsado del Centro de la Música, institución a la que perteneció casi toda su vida de músico. En otras palabras, se encontraba sin empleo por una inexplicable reducción de plantilla.

-Mijo, me dijo- tú sabes lo que es eso, que esta gente me haya botado del trabajo. ¿Y ahora qué voy hacer?

Hotel Tortuga en Varadero.

Metí mi mano en el bolsillo y saqué un fajo de dólares y le dije al mismo tiempo que le mostraba los billetes (eran unos cuatrocientos USD en billetes de a veinte):

-No te preocupes papi, mira…

¿Y eso mijo? – me preguntó asombrado y con los ojos que se le querían salir del rostro.

-Esto lo hice en Varadero- le respondí. Y ahora cuando me vaya de nuevo, tú te vas conmigo. Y no te preocupes por el trabajo del Centro de la Música y toda su burocracia. Y ahora levántate de esa cama y vámonos para la calle a celebrar, que ahora mismo no existe ninguna razón para estar triste ni alterado.

Estuvimos cuatro años viajando a Varadero y viviendo de las suculentas ganancias que nos ofrecían los turistas. Al principio, caminando por la playa pasando el cepillo, como se dice en Cuba, y después trabajando como artistas fijos en el hotel Villa Granma ubicado en la calle 30.

Muchas fueron las historias vividas en la ciudad del turismo en Cuba por esa época. Allí todo era diferente a la realidad inmediata del cubano común. Había de todo, todo lo que escaseaba en cuanto cruzabas el puente sobraba en Varadero, ese puente que separaba dos realidades distintas.

El parque Josone, el hotel Meliá Varadero, hoteles de 5 estrellas, donde el lujo se dejaba ver a simple vista y a los cuales los cubanos tenían prohibida la entrada. La persecución implacable de la Policía a las chicas llamadas jineteras, profesionales que decidieron vender su cuerpo por unos pocos dólares, y que soñaban que algún señor las llevara con ellos y las salvara de la precaria situación que vivía Cuba. La venta prohibida de langostas; el tráfico de las pastillas de PPG; la prohibición a los músicos de compartir con los turistas su música; la corrupción; la venta de drogas; simplemente un mundo muy diferente al que nos habían mostrado y enseñado en la escuela.

Marina de Varadero

Definitivamente Varadero se había convertido en la primera frontera que conocían los cubanos. Donde todo era extremadamente caro, donde había comida y no faltaba nada.

Simplemente, el otro país. Desde esa época y después de decidir que aquel no era el mundo que soñaba para mí, aunque favorecía mi economía, no he regresado a unas de las playas más hermosas del mundo, pero según me han contado, no ha cambiado mucho para bien, todo lo contrario.

Extremadamente caro y donde ahora en el famoso puente de Varadero hay un control minucioso de todo el que entra y sale, y donde existe un cartel que dice:

“Punto fronterizo”


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