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Los cineastas y los contrarrevolucionarios

Lynn Cruz

En la proyección de Nadie.

HAVANA TIMES — A raíz de las últimas decisiones tomadas por las instituciones culturales, conjuntamente con el gobierno cubano, de censurar las películas Santa y Andrés, de Carlos Lechuga y el documental Nadie, de Miguel Coyula, ha surgido un fenómeno inquietante.

Desde hace más de una década se producen películas independientes del Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), en otra época organismo rector de la producción cinematográfica en Cuba.

Como estrategia para visibilizar a esos independientes o sencillamente porque querían atraer a la industria a los cineastas jóvenes, se organiza la Muestra de Jóvenes Realizadores, hoy Muestra Joven Icaic.

Esta permite a los independientes menores de 35 años, competir y exhibir sus trabajos en una sala de cine, la primera pregunta es ¿qué se supone que haga un realizador que pase de esa edad? ¿En qué lugar podría mostrar su obra, de continuar siendo independiente?

Puesto que la realidad está diseñada para que uno se canse y no quede otra alternativa que el exilio, es probable que esto les haya hecho la vida fácil a las instituciones, de modo que sientan la total libertad de censurar, incluso, a aquellos que no le deben nada, en todos los aspectos, incluyendo el espacio de exhibición, pues muchas de esas obras han logrado pases en eventos internacionales, de modo que se han abierto camino por sí solas.

La defensa realizada por Claudia Calviño y Carlos Lechuga, en diálogo con las instituciones culturales cubanas, para que se les permitiera competir en el Festival Internacional de Cine de La Habana, el pasado mes de diciembre de 2016, y la posterior censura del filme, que llegara luego hasta el Havana Film Festival de Nueva York, quedando desenmascarada la posición común entre ambos eventos, solo demuestra la necesidad de reconocer la existencia de un movimiento que pide a gritos legitimarse por sí mismo.

Impedir que las películas independientes aparezcan registrados en los catálogos de cine cubano, silenciar a los cineastas, crear una mala opinión acerca de las obras y sobre los autores que las ejecutan, han sido estrategias para ejercer el control y censura sobre estas.

Entierro

A los que no vivimos la felicidad que significó para la mayoría, el año 1959, solo nos quedan términos y conceptos que califican como un problema semántico. Los de antes hablan de revolución, mientras para nosotros eso es gobierno, y donde hubo revolucionarios, solo quedan políticos. De modo que la palabra contrarrevolucionario(a) es simplemente un rezago de una revolución que solo sobrevive en el pasado.

La Revolución Cubana fue solo un instante, luego la vida de las personas permaneció consumida en ese momento. Los discursos de Fidel Castro de los primeros años en el poder, hoy probablemente serían censurados, pues ese pasado, no tiene nada que ver con el presente, por lo cual solo se podría argumentar que la palabra revolución, en este contexto, es un término secuestrado por un grupo que solo quiere permanecer en el poder.

Tal vez una parte del mundo necesita a la Revolución Cubana, los soñadores, los progresistas, aquellos que creen en las utopías, y admiran de esta isla lo que ellos piensan, ha sido resistencia y antimperialismo.

Durante mucho tiempo, el Gobierno cubano ha satanizado a la oposición cubana, acusándola de recibir dinero del “enemigo” y, por tanto, de servir al imperialismo.

Quiero reflexionar sobre un suceso que trasciende el método empleado hasta hoy con los cineastas independientes y que conduce a la duda, de si toda la oposición es eso que dicen o si estratégicamente los ponen juntos a todos en el mismo saco.

El pasado sábado 15 de abril fue organizada la proyección del documental Nadie, en la casa galería El Círculo, un espacio liderado por los artistas independientes y activistas Lia Villares y Luis Trápaga, quienes radican como bien lo expresa el nombre del proyecto, en su propia casa.

Meses antes, el 8 de diciembre de 2016, con la presencia, además, del poeta Rafael Alcides, protagonista de Nadie, y un debate al final de la proyección, ocurrió el estreno de esta con la asistencia de unas 70 personas.

Esta vez, la Seguridad del Estado cubano y la policía, impidieron una nueva proyección del documental, cerrando las entre calles de modo que no se pudiera acceder ni a la casa ni a la cuadra comprendida en la calle 10 e 13 y 15 en el barrio capitalino de El Vedado. Usaron un argumento vago, que tenían un operativo.

Poco a poco se supo que nadie, parece una ironía, pudo llegar a la proyección de Nadie, pues a todos se nos expuso la arbitraria medida, a algunos invitados, incluso se les dijo que habían sido víctimas de una trampa que les habían tendido unos contrarrevolucionarios.

Entonces, ¿quiénes son aquellos a quienes las autoridades llamaron contrarrevolucionarios? ¿Los dueños de la casa? ¿Los que colaboraron con el evento?, ¿El cineasta? ¿Yo? En varias ocasiones Miguel Coyula ha expresado la importancia de ser independientes no solo en lo económico, sino también en contenido y forma.

Esa misma noche Michel Matos, director de la promotora cultural independiente, Matraka, y antiguo organizador del festival alternativo de Rotilla, “secuestrado” por las autoridades cubanas en 2011, evento que aglutinaba a músicos de distintos estilos, fue víctima de la intimidación cuando se dirigía hacia el lugar de la proyección.

El podio

Oscar Casanella, bioquímico, intelectual, antes dedicado al trabajo científico en el Hospital Oncológico de La Habana, fue expulsado, interrogado e intimidado por Lorenzo Anasagasti, el director de dicho instituto, por el solo hecho de ser amigo de Ciro Javier Díaz Penedo, uno de los líderes de la banda independiente de punk, Porno para Ricardo. Fue uno de los que colaboró también con la proyección del documental.

Entonces ¿quiénes son los buenos? o ¿quiénes son los malos? Es evidente que no quieren a los artistas ni a los intelectuales institucionalizados cerca de ellos, por temor a que los contagien con su inteligencia, libertad de expresión y valentía.

A finales de 2015, el grupo G-20 de cineastas cubanos, que reclamaba una ley de cine, se reúne en la Sala Fresa y Chocolate del Icaic, para protestar en contra de la censura. En algún momento un funcionario de esa entidad trató de expulsar a Eliécer Ávila, líder del Partido Somos Más; Luz Escobar, periodista independiente; Ángel Santiesteban, escritor y activista, que participaban del suceso, pero los realizadores no permitieron el atropello, de modo que permanecieron cineastas y “contrarrevolucionarios” hasta el final de la reunión, compartiendo el mismo espacio institucional.

Tres días después, aparece una declaración unilateral en el diario Granma, firmada por la presidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), del Icaic y del Ministerio de Cultura, de no mezclar a los contrarrevolucionarios con los cineastas, de modo que nunca se ha vuelto a saber del G-20, quedó desarticulado.

La conciencia de gremio no podrá manifestarse dentro de una institución cubana, sino fuera de ella, es allí donde verdaderamente puede sobrevivir el arte. Entonces, teniendo en cuenta que en la Cuba de hoy, un revolucionario de antes es un político de hoy, a los independientes que persiguen un arte verdaderamente revolucionario solo les cabría cuestionarse, ¿se puede ser revolucionario, y a la vez estar institucionalizado?


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