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Mi abuelo, mi máscara, mi amor

Por Repatriado*

Foto: Elio Delgado Valdés

HAVANA TIMES – Yo amo a mi abuelo, él subió a la Sierra porque quería cambiar las cosas y cuando llegó desarmado le enviaron al llano a armarse, bien instruido de cómo, bajó, asesinó a un soldado o guardia rural, no lo tengo claro, y volvió a subir.

Cuando era niño mi abuelo era un gran hombre para mí, nunca pasó de 4to grado en su intrincado pueblito oriental, pero llegó a capitán del Ejército Rebelde por su violencia y coraje. Luego dirigió una enorme empresa técnica en sustitución de sus predecesores estadounidenses, manejó millones como subdirector dentro de un gran ministerio.

Me dijo un día que aunque yo era la persona que más quería en el mundo, me iba a dar un tiro en la cabeza cuando encontró aquel libro con reflexiones de Juan Pablo II subrayadas por mí, o cuando me llamó traidor y me miró con odio, la vez que puse en duda, la necesidad del Servicio Militar Obligatorio en una conversación con un extranjero casado con mi tía.

Aún así amo a mi abuelo.

Él pasó el periodo especial de los 90 de manera especial; ya estaba retirado y olvidado, no es que no pasara trabajo, pero fue menos gracias a que su hermano, otro heroico guerrillero que se quedó dentro de las FAR dirigía una gran unidad con ingentes recursos.

Mientras peor se ponían las cosas más ortodoxo se volvía, escuchaba a Fidel como al Cristo renacido, lideraba su núcleo del Partido, era el alma y motor de los CDR en su zona, chivateaba hasta a su propio hijo por malversador. No digamos a los vecinos que le temían como al faraón del barrio, dador de la vida o la muerte. Un mal informe a los factores que se reunían en casa una vez a la quincena, El Departamento Técnico Investigaciones de Cuba (DTI), o una carta de buen comportamiento para entrar en la bolsa de Agencia de Contratación a Representaciones Comerciales (ACOREC).

Yo amo a mi abuelo que no ha leído jamás a los clásicos del marxismo, ni cualquier otra obra de filosofía burguesa, ni ha leído jamás ficción, pero devora con fruición toda la literatura “histórica” de la gesta fidelista y pasó de tachar en las fotos de sus tiempos en la Sierra la estampa de la Virgen que llevaba en la gorra, a una religión politeísta donde Amor es Fidel pero, el más amado, es el Che.

Lo amo aún sin fisuras cuando justifica también sin fisuras cualquier desvergüenza internacional del Gobierno, o llama incultos y malagradecidos a los venezolanos que le protestan a Maduro.

Él no encuentra contradicciones en la Revolución, ni antes cuando éramos colonia soviética, ni después cuando el desastre de los 90, ni ahora cuando el comunismo se quitó su careta, y lo explicaría de forma muy simple si pudiese. Él no es comunista, él es fidelista y Fidel sabe lo que es mejor para nosotros.

Porque lo amo, y no porque tema el disparo en mi cabeza aunque no lo dude, él no sabe cómo yo pienso. Con el soy un hipócrita redomado y perfecto. Hago malabares fantasiosos para mostrarle lo bien que vamos y la luminosidad que se avizora en el 2030.

La verdad es que cada vez me resulta más fácil fingir, pues ya su mente no es la de antes. Estoy acostumbrado a fingirle, en esto y solo en esto, pues lo hago desde que desperté críticamente a la realidad cubana.

Siendo la persona que él más ama, me adoctrinó desde niño y veía en mí su relevo natural y con 19 años me promovió como organizador de la Zona de los CDR, una tortura inimaginable con las largas reuniones de vejestorios hablando una y otra vez de lo mismo, pero de modo honesto, no como el cuadro profesional presidente municipal de los CDR, un joven delgado, bajito y de movimiento nervioso y locuaz al que luego veía personificado en el difunto Hassán Pérez.

Nunca comprenderé a mi abuelo, sus mecanismos mentales, el ajuste de ideas que logra para no ver las enormes contradicciones, falacias, embustes, desilusiones, dolores y miserias que ha dejado de herencia esta Revolución.

Tampoco jamás perdonaré a quien quita ilegalmente una vida y lo justifica en un deber o una ideología o fe, pero lo amo profundamente a mi abuelo, y por eso, tengo un sentimiento especial por Elio, el colaborador de Havana Times, aunque no leo sus diarios.

De algún modo compadezco que él siga estando tan consciente y tenga que lidiar con nuestra realidad cotidiana, además, quizás él también tenga un nieto que lo ame y con todo lo encuentre un hombre tierno, lleno de amor, entregado a su familia y sacrificado hasta las retrancas sin ningún interés personal más allá que el dejarle a sus sucesores una Cuba mejor.
—–
*Uso seudónimo porque temo que al escribir aquí me quiten mi humilde cuenta de Internet o que me acosen económicamente. Puede que sea un temor infundado, pero no lo sé y como no soy valiente evito el riesgo, porque lo que más temo es perder la máscara en frente de mi muy querido y “revolucionario” abuelo.


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