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Jubilados venezolanos, al ritmo de los bancos

Caridad

Ilustración por Yiya

HAVANA TIMES – Sebastián y Aurelia son dos ancianos que conocí hace unos meses. Sebastián tiene unos 70 años y Aurelia casi 90. Entre ellos no se conocen, pero aparte de la avanzada edad, tienen algo más en común: cobran una pensión por jubilación.?

Una vez cada mes Sebastián sale de su casa, en las afueras de Barquisimeto, para llegar a un banco en el centro de la ciudad. Él no tiene tarjeta de débito, por eso va a retirar el efectivo en el Bicentenario, una entidad del Gobierno.

Cada vez es más difícil, para un jubilado, lograr cobrar completa su pensión en una sola visita al banco. Las colas ya habituales van volviéndose cada día más poderosas y aterradoras. Ya no vale llegar a las 6 o 7 de la mañana.

Sebastián suele pedirle a un amigo, que maneja un camión de agua, que lo acerque a la ciudad en el extraño horario de las 3 de la mañana. Cuando a las 4 llega a los alrededores del Bicentenario, ya hay muchas personas de la tercera edad “marcando”, sentados en las aceras, sobre cartones o en sillas plásticas que alquilan a los negociantes que se arriesgan, como ellos, a ser asaltados.

La razón es sencilla, no hay suficiente efectivo. Al menos eso es lo que dicen los gerentes y los porteros de las sucursales bancarias en Venezuela. Reparten unos 50 números, o dejan pasar hasta que, imprevistamente, anuncian que ya no queda efectivo, y todo el mundo para su casa, a repetir la larga espera el día siguiente… el día siguiente… el día siguiente…

También existe la modalidad de solo entregar el 25 o 50 por ciento de la totalidad de la pensión.? Por eso Sebastián prefiere arriesgarse en la madrugada, para tener menos probabilidades de perder un día completo haciendo cola… por nada.

A Aurelia la acompañé en la última ocasión a retirar su pensión en un banco privado. Ella sí tiene tarjeta de débito, pero como no tiene dónde sacar efectivo a veces viaja hasta la ciudad a retirar su pensión. Como ya hacía más de una semana que estaban entregando el dinero a los jubilados, la cola para entrar no nos llevó más de dos horas.

Una vez dentro apenas había tres asientos para aguardar el turno de pasar por? taquilla. Dentro de la sala habilitada para los jubilados había más de 50 personas. Todas, excepto yo que acompañaba a mi amiga por su avanzada edad, con más de 65 años y varias de ellas con bastones. Solo tres asientos y un cajero entregando el dinero.

Enseguida me percaté que los ancianos que iban recogiendo su dinero se quedaban dentro de la habitación, no salían a la calle como es lo habitual. Se iban amontonando en una esquina de la reducida habitación hasta que unos 25 minutos después aparecía alguien para abrir la puerta cerrada con llave. La cajera anunció que, en lo adelante, los usuarios debían entrar a la página de Internet del banco, para imprimir el papelito en el que colocan su nombre y número de cédula a la hora de cobrar, la razón: que el banco ya no tiene papel.

Mientras, más ancianos amontonándose junto a la puerta, pasando el horario de almuerzo, sin apenas aire acondicionado.

La cajera anunció también que solo tenían billetes de 100.000 para pagar. El de cien mil bolívares tiene la peculiar característica que es igual al de 100 bolívares. Solo varía un poco el color (similar al de 50 bolívares) y ni siquiera lleva los tres ceros detrás del número cien, sino que lo diferencia una pequeña palabra debajo del número.

El otro asunto es que si vas a comprar con él, debes preguntar primero si el vendedor tiene efectivo para dar vuelto. Recuerdo los lejanos tiempos en los que uno iba a recibir un dinero en el banco y pedía tranquilamente en qué tipo de billetes llevaría su pago. Pero ninguno de los ancianos protesta, porque hasta hace un mes lo habitual era que los cajeros entregaran los billetes que les provocaba cargar con un gran bulto de billetes de 10, 20, 50 y de 100 en el mejor de los casos.

¿Se imagina cobrar doscientos mil bolívares en 10 mil billetes de 20? Salir a la calle tratando de pasar desapercibido ante todos los malandros que andan a la caza de una presa fácil, como suele ser una persona de más de 60 años.

Después de casi dos horas logramos pasar por taquilla. Tuvimos suerte, no se acabó el efectivo, no nos entregaron billetes de baja denominación y mi amiga no se desmayó porque llevaba un paquete de galletas escondidas en su bolso.


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