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Jóvenes cubanos en el mundo del turismo

Por Frank Simón

Cayo Santa María. Foto: turismoencuba.com.ar

HAVANA TIMES – Natasha tiene 19 años, pactamos la entrevista, así como el cambio de su nombre para proteger su seguridad personal. “Temo a las represalias si doy la cara, aunque sé que la razón está de mi lado”, dice y me enseña los papeles de su expediente como aspirante a trabajadora del polo turístico Cayo Santa María, al norte de la provincia de Villa Clara.

“Alguien vino ayer y contó en mi casa que el director de la compañía Gaviota en la ciudad de Caibarién, Villa Clara estaba muy corrupto y lo botaron, pero sabemos que esa gente se cae para arriba ¿no?, además también se comenta que quien lo sustituyó es peor, así que no tengo esperanzas de entrar al cayo”.

EL CAYO son dos palabras que desde séptimo grado se meten en la mente de muchos niños de Villa Clara, como la fórmula mágica para salir de la miseria y tener todo lo que ostentan tantos a golpe de abusos de poder, ilegalidades y permisiones.

“Todos mis antiguos amigos trabajan en la cayería, cuentan horrores de la vida allí dentro, pero visten y comen, al menos, con bastante decencia, yo la he pasado de paladar en paladar para ganarme unos sesenta pesos al día, eso está acabando con mi salud”. Con 19 años, Natasha parece ya de veinte y tantos largos y en su mirada no se ven ni sueños ni inocencia.

“Dejé los estudios de preuniversitario para meterme en el politécnico que prepara a los futuros trabajadores del turismo, pues mi familia no podría pagarme la estancia en la universidad, allí tienes que vestir bien, tener computadora, comprar comida, pagarte el transporte y la cuenta no da; ya solo estudian los hijos de papi y de mami. Así que decidí ser próspera al precio que fuera y luego de un año y medio en la escuelita del cayo, donde la preparación era pésima, hicieron el escalafón para otorgar plazas y allí empezó el infierno. Las plazas fijas se compran o entras por palanca”.

Hotel en Cayo Santa María

Con 15 años Natasha ya se enteraba de un mundo donde o tienes dinero o te hundes, la lógica de una Cuba cada vez más corrupta, en la cual los jefes de las compañías se afilan los dientes para declararse dueños empresarios en una isla postcomunista.

Me cuenta que al terminar la escuelita, los colocaron de prácticas en el polo turístico por unos meses, sin derecho a cobrar, solo a cambio de la comida, después los mandaron a casa y les dijeron que la compañía les avisaría. Natasha y muchos más aún esperan, ya han pasado varios años y en la Agencia Gaviota de Caibarién desoyen sus reclamos. “Me enteré que nos usan, que durante ese tiempo de práctica somos mano de obra gratuita, luego nos sacan y traen otros estudiantes y así se ahorran salarios”, dice ella.

Natasha perdió los estudios, ahora intenta el grado doce en una facultad nocturna para obreros y campesinos, pero califica de pésimas las clases que allí se imparten y sabe que “aunque ese papel diga bachiller, todo es una mentira y de nada me servirá”.

Desde los 17 años es potencialmente una joven desempleada o una subempleada, puesto que prefiere trabajar las noches en los paladares para ganar algo más de dinero y no tener que pagar patente de cuentapropia.

Para el mundo laboral y profesional cubano, esta chica no existe, “muchas mujeres me empujan a que me case con un viejo con dinero, que me resuelva el problema, pero ni muerta hago eso”. Sin duda, en Cuba hay muchas así, que podemos calificar de heroínas ofrecidas al holocausto de la corrupción comunista.

Mientras Natasha reclama a Gaviota y hace madrugadas y envejece por días, contacto con dos amigos contemporáneos que ya están allende los mares. La vía para salir fue, precisamente, EL CAYO, o lo que ellos llaman la terminal tres. Ambos estudiaban Filología en la universidad y se pusieron de acuerdo para dejar la carrera en tercer año, ya que sus familias no podían costearles esos estudios, mucho menos la vida (un licenciado en dicha materia es de los peor remunerados del país).

Así que los cuasi letrados, sin pasar por el politécnico y a base de una palanca que Alejandro se niega a describirme, se fueron al polo turístico Cayo Santa María: uno como guía y otro de animador. “Sin darnos cuenta fuimos cambiando, nos peleamos de nuestras novias, comenzamos a tener muchas amantes extranjeras, en algún momento me hice una prueba del VIH, pues rodó la noticia de extranjeros con SIDA”.

Alejandro y Carlos dejaron de ser unos enamorados del arte y las letras, para cortejar mujeres de cualquier latitud, la ley de la estadística decía que alguna de ellas se los llevaría de Cuba y a eso aspiraban ellos.

Hotel en Cayo Santa María. Foto: gaviotahotels.com

“Allí adentro hay reglas para unos y no existen para otros, por ejemplo no debes tener la mínima relación con los turistas, pero gracias a mi palanca, nosotros hacíamos y deshacíamos. Tampoco puedes contarle a nadie cuánto te pagan por nómina, pues el papel dice 400 dólares y Gaviota te hace la conversión a 400 pesos cubanos o menos, pero total, en una noche de sexo una extranjera te dejaba de regalo mucho dinero y hasta quizás te resolvía todo el problema de una vez”, cuenta Carlos, desde su alquiler en Australia. Ya se separó de la chica que lo sacó de Cuba, “ella no me gustaba compadre, la usé, para qué te voy a mentir”.

“Hacíamos lo que fuera, literalmente, pero usábamos nuestra preparación universitaria que de algo nos sirvió allá detrás, puesto que en los Cayos nadie o muy poco personal cuenta con cultura, mucho menos los militares. Unos chinos homosexuales me invitaron a comer una vez y fui, había uno que se enamoró de mí y, aunque no soy gay, estuve dispuesto a acostarme con él con tal que me sacara de Cuba”.

La historia de Alejandro cogió luego otro derrotero, cuando una chica austriaca decidió casarse con él. “Al inicio me pareció fea y aburrida, pero ya hasta nos llevamos bien y empieza a gustarme como esposa, a lo mejor tuve mucha suerte”.

Carlos y Alejandro son considerados triunfadores por sus amigos, sus familias y la mayoría de la sociedad cubana. La otra cara de la moneda es Natasha, quien debe batallar cada noche en solitario a cambio de migajas.

Los dos chicos dejaron detrás “a muchos socios graduados universitarios, que hoy, a pesar de su brillantez, se están comiendo un cable en Cuba y no pueden ni pagarse la comida del mes que es lo básico, sabemos que muchos de ellos tratan de meterse en el cayo, pero no tienen la misma palanca que nosotros, para ellos no hay futuro en ese país corrupto”, cuenta Carlos, quien dice, además, que intenta aprender la cultura nativa lo más rápido posible y gracias a su aspecto pasa por australiano, “me da hasta vergüenza decir que soy cubano”.

Entretanto, el panorama frente a las oficinas de la Agencia Gaviota en Caibarién parece no cambiar, pues muchos, demasiados, a pesar de todas estas historias y muchas más, prefieren irse a probar suerte en un mundo que nunca les va a pertenecer. Debajo del sol del mediodía, esos jóvenes, universitarios y técnicos, desclasados, yacen a la espera de las migajas que les lanza el nuevo jefe.

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