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La conducta no se compra

Que la vivienda donde vive le fue otorgada por las máximas autoridades del Partido y el Gobierno en Cabaiguán a su madre, madre también de un mártir que dio su vida por la Revolución. Que esa mujer ya no existe más, pero en señal de recuerdo y respeto hacia ella se trazó el compromiso de no abandonar jamás la casa. Que desde hace algún tiempo se le ha presentado “una situación que cada día se arrecia más”.

Todo eso escribe desde la calle Hermanos Rojas No. 76, entre Sergio Soto y Camilo Cienfuegos, la lectora Delia María González Crespo; pero lo más doloroso de su carta lo expone a continuación. Cuenta que los hijos menores de algunos de sus vecinos se concentran en un portal frente al suyo, donde hay unos almacenes de Salud Pública, para escandalizar, palabras obscenas mediante; tirar piedras, estampar dibujos y frases “que dan mal aspecto” en las paredes y, en fin, molestar.

Dichos menores, contaba, son de edades comprendidas entre los ocho y los 10 años. Plantearles a sus padres y madres el problema no los llevó, como ella suponía, a tomar providencias e intentar mejorar el comportamiento de sus chicos. Fue agredida verbalmente por esas personas, dice, y hubo hasta quien la amenazó con cierto acto violento. Para colmo, agregaba, incitaron a los niños a escandalizar aún más, al punto de que pasaba con mucho la medianoche cuando, por fin, dejaron de tirar piedras y gritar palabrotas frente a su ventana.

El relato suyo no es el único llegado al medio de prensa que habla de modos de actuar alejados de lo que cabe esperar de nuestros niños. Otro testimonio da fe del hurto de frutas a través de una cerca y, cuando los dueños les llaman la atención a los infractores, o bien los culpables les faltan al respeto o aparece un mayor que se les encara en aparente defensa de los derechos infantiles, entre los que parece incluir juegos escandalosos a cualquier hora.

De acuerdo con los especialistas que estudian las conductas en la niñez o la adolescencia, estas se condicionan por el desarrollo de los valores y sentimientos desde edades tempranas; es decir, dependen mucho de lo que los menores observan o escuchan en el seno familiar. “A esas edades debe fomentarse, estimularse en ellos el respeto, el reconocimiento y el afecto hacia las personas mayores, sobre todo si se trata de ancianos”, considera la máster en Psicología Médica Fernanda Zulueta Gómez.

La propia estudiosa sugiere, con ese mismo fin, la materialización de intercambios generacionales que se organicen desde los centros estudiantiles u otros espacios. “Por esa vía se podrían evitar a tiempo y enfrentar convenientemente la agresividad, el rechazo hacia el adulto mayor o el trato en forma despectiva hacia ese grupo etario”, explica.

Se habla, en estos casos, no solo de palabras con significados, sino también de sentimientos que fluyen a través del contacto personal y que van contribuyendo a sedimentar modos de actuación, patrones de conducta ligados a lo que luego se convierte en necesidad: reverenciar la dignidad y el aporte a través de los años de esos mayores a sus respectivos hogares y a la sociedad toda.

Cuando cosas así no suceden o acciones inapropiadas de los menores no encuentran la oportuna corrección, es posible que se desarrollen, aseveran los entendidos en la materia, conductas nocivas. Pueden estar expresadas en palabras, gestos o modos de actuación en general encaminados a ofender, lacerar, denigrar, todo en extremo contraproducente no solo para el ser al que van dirigidos, sino además y sobre todo para quienes así se comportan.

“Los padres y la familia en general deben, en caso de conductas negativas de sus hijos contra un adulto, corregir y no justificar, porque si procede de esa forma refuerza el patrón erróneo y eso resulta anómalo en el desarrollo de la personalidad”, subraya Fernanda.

Recuerda también que Sancti Spíritus es la tercera provincia más envejecida de Cuba; que Cabaiguán es, en este territorio, uno de los municipios más desfavorecidos en tal sentido; que hay que ver no solo el momento en sí, sino la perspectiva toda, porque un día esos hijos serán mayores y los mayores de hoy, ancianos.

Nadie, estoy segura, desea para sí la suerte de la que se queja en su carta Delia María, para quien se torna ya insoportable vivir en un hogar que es su orgullo. Sus palabras a este órgano de prensa parecen escritas para la sociedad en su conjunto: “Es difícil llegar a esta edad y no poder descansar en tu propia casa. Les pido de favor que hagan suyo este problema y me ayuden”.


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