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La corrupción en Cuba, un flagelo con muchas aristas

Por Osmel Ramírez Álvarez

Una carniceria habanera.? Foto: Juan Suárez

HAVANA TIMES – No podemos saber a ciencia cierta cuáles son las verdaderas proporciones de la corrupción en Cuba, pues en los medios oficiales no se publican las estadísticas al respecto, mucho menos la mayoría de los casos penados por la ley. Solo se conocen aquellos que tienen un interés político o estratégico para el Gobierno y las historias que se filtran de móvil a móvil, o por las famosas “bolas”.

No obstante, se puede inferir hasta dónde llega ese flagelo en el país. Si un dirigente o funcionario tiene un salario menor de 1500 pesos cubanos (60 CUC) y no tiene otros ingresos, ¿cómo puede mantener un nivel de vida como si ganara 500 o 1000 CUC?; ¿cómo se pagan las mujeres dirigentes o trabajadoras los arreglos de belleza que sostienen y cuestan más al mes que su salario?

Es algo increíble, pero es la verdad. Solo un par de zapatos, de los comunes, son muy pocos los salarios que lo pueden pagar. Técnicamente, el que trabaja con el Estado si viste y calza decentemente, y además come después del día 10, está delinquiendo o recibiendo remesas del extranjero.

En la capital hay más “jefes grandes” que en las provincias, por eso se nota más la corrupción y hay más anécdotas del nivel de vida burgués de los dirigentes y sus vástagos. Los trabajadores de buenos restaurantes e instalaciones turísticas observan sus grandes gastos, muchas veces en grupos familiares y amigos, a costa del Estado o con dinero duro en abundancia y lo comentan en la calle. También se sabe de sus incursiones exitosas en negocios privados, inmunes, por supuesto, al acoso de inspectores y funcionarios que como plaga chupan o frenan al resto.

Por otro lado, la inmensa mayoría de los obreros cubanos, (tal vez el 99,9%), roba algo en su trabajo para completar su salario, que es insuficiente hasta en el mejor de los casos. Cuando no hay algo tangible de valor, se roban el tiempo y con él se resuelve algo que dinero no, por ejemplo, en un negocito alternativo. Y para completar está también el “sociolismo” y el tráfico de influencias, que se trasmite en beneficios.

Una bodega donde los cubanos pueden comprar una pequeña cantidad de alimentos a precios subsidiados. Foto: Juan Suárez

El sistema cubano es disfuncional y por eso sobrevive sobre la base de las ilegalidades y la corrupción. La ideología oficial es el marxismo-leninismo, pero en la práctica es “la hipocresía”. La necesidad del robo y la corrupción quedó demostrada con aquella idea de Fidel, (ignorando completamente la realidad del país), de poner “dúos del Partido” para chequear y vigilar el buen funcionamiento de las cosas. Fue un caos: nada funcionaba, la gente sufría muchas carencias y el país se paralizaba. A los pocos meses tuvieron que quitarlos y jamás han vuelto a hacerlo.

Realmente, para que esa anomalía política, económica y social funcione básicamente, al menos, tiene que ser por la izquierda.? Por la derecha se tranca el dominó. A los jefes hay que dejarlos vivir del tráfico de influencias, porque, de lo contrario, nadie sería jefe, pues el salario no inspira. Y si los obreros no pueden “luchar”, nadie trabajaría con las empresas estatales. Cuando proponen un trabajo no te preguntan cuánto se gana, sino ¿qué se lucha ahí?

El sector privado no escapa de esas aberraciones estructurales. Está renaciendo con muchos pujos legales y burocráticos, como un mal necesario con reglas para que no crezca. Incluso para trabajar al mínimo hay que delinquir. Y para crecer y conseguir éxito económico: ¡imposible legalmente! –aunque de lejos parezca legal.

La mayoría de los negocios privados, grandes y pequeños, cometen ilegalidades para poder trabajar y lo mismo sucede en las empresas estatales. Sin hablar de la corrupción que se asoma y seduce cuando tales prácticas se hacen comunes.

Por ejemplo: todas las pizzerías particulares en Cuba y todos los fabricantes de dulces y tortas trabajan con harina robada en almacenes y panaderías: no tienen otro suministro estable ni factible por su costo. Y todos los vehículos automotores privados de transporte de personal, taxis “almendrones” y camiones, trabajan con diesel robado: porque con el legal se duplicarían los precios, ya excesivos. Y así pasa con todos los negocios.

El Gobierno conoce esa realidad, pero también que la solución pasa obligatoriamente por decisiones peligrosas para su propio poder, que es igualmente ilegítimo. Por eso se convive con la corrupción mientras las cosas parezcan que funcionan. Pero cuando quieren botar a un dirigente molesto le sacan un expediente con sus supuestas fallas, que son las barbaridades que tuvo que hacer para poder trabajar o la metida de mano extra que siempre toleraron. ¡Y lo hacen tierra!

Bicycle taxi and a pay phone.

Y cuando quieren joder a un particular, a uno que se va haciendo muy poderoso, muy rico para sus gustos, después de haber convivido con él por años y utilizarlo en sus planes productivos o de recaudación, lo destruyen sin problemas. Es tan fácil demostrarle ilegalidades y malas prácticas, descubiertas “como el agua tibia” de momento, cuando les convino abrir los ojos. No hay escape.

En fin, no existe una política seria y real en el país contra la corrupción, porque sería destructiva para el propio sistema, que funciona obligatoriamente con ella. Lo que nos parece de pronto una política anticorrupción no es más que golpes puntuales selectivos para combatir la riqueza privada o reciclar cuadros molestos. Ojalá estuviera equivocado.


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