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Mirar estas y otras diapositivas

Lo cierto es que, Laura Ruiz Montes, autora de Diapositivas, ha sabido ponernos frente a nuestros ojos, una serie de imágenes que bien nos recuerda aquellos rollos en los cuales podíamos ver las viejas historias

Portada del libro.

Por: Rubén Ricardo Infante

La lectura del cuaderno Diapositivas nos remite a un espacio donde lo cotidiano y lo nostálgico se unen en un mismo tiempo. Seccionado en dos partes, la primera de ellas nombrada precisamente Cotidiano; y la segunda, Pliegues en el tiempo, el libro sostiene un mismo discurso. Aunque se noten ligeras diferencias entre una y otra.

Lo cierto es que, Laura Ruiz Montes, autora de Diapositivas, ha sabido ponernos frente a nuestros ojos, una serie de imágenes que bien nos recuerda aquellos rollos en los cuales podíamos ver las viejas historias, rodadas desde un proyector ruso. Cuando era niño, hace más de dos décadas, algunas noches nos reuníamos a ver esas historias en un cuarto oscuro y con una sabana blanca de fondo. De esa misma manera, Ruiz Montes ha colocado cada letra, cada poema, cada sección, hasta componer una foto completa. En ella aparecen algunos personajes, pero no tantos, parece más bien una fotografía de una familia. Donde el tiempo ha dejado su huella de desgaste y se reconocen los rostros arrugados, una sonrisa como un cumplido y la soledad expresada en los ojos de cada uno de ellos.

Los mismos 20 años, son los que pone como patrón para medir el tiempo e imaginar el destino o el futuro del que parte. Entonces se instaura la duda, la interrogante de saber si todo es cierto, si podemos leer las huellas que deja un desayuno en la mañana. ¿Con esos restos podemos hacernos una idea? ¿Podemos adivinar el futuro? Lo único cierto es la partida, cuando un hijo se marcha de casa de los padres, a estos solo le resta esperar los retornos (breves en su extensión) y con el paso de los años, cada vez menos. Aunque la autora sitúa el hecho tomado como punto de partida desde su visión, yo también soy el hijo que ha dejado muchas cosas atrás para hacer un poco de oficio y buscar en La Habana mi “ciudad luz”.

En el fregadero donde se lava esa taza que no permite ver más allá, también se mezclan las piezas de una vajilla ecléctica, donde está una fuente inglesa, platos rumanos, una cuchara de madera para macerar alimentos y un tiznado jarro donde se hierve la leche. Con todo esos ingredientes que pertenecen a nuestro ámbito doméstico, intentamos hacernos de recuerdos que pretenden explicar quiénes somos, quiénes éramos y qué hemos hecho. Al final todo es un intento fallido, pues después de nosotros, otros vendrán para habitar la casa y botarán todo para ganar un poco de espacio y ellos mismos, caer en la trampa de armar otros recuerdos.

Pero Diapositivas es también el espacio para la restauración de un tiempo, de oficios que se ejercen en las calles para reparar lo viejo: colchones donde reposar el sueño y conciliar el sexo; cocinas de gas para hervir las viandas y los huevos, estos son signos de una época anterior, donde se pensaba que todo perduraría y en los rostros de nuestros padres y abuelos quedaba la huella de aquella cuchilla con la que iluminaban el rostro.

También pueden ser las circunstancias, los hechos que impidieron que el mensaje llegara a su destinatario y estos, ávidos de escuchar la frase de amor se afanan en la búsqueda de su felicidad a costa de lo que sea, tiene que haber pasado algo así para que todo se haya vuelto tan hostil, al menos, esa es la hipótesis que sostiene Ruiz.

Es relectura el mito de un viejo método que utilizaron los abuelos y nuestros padres para que una vez abrieramos la boca ante el bocado: la amenaza ante el hombre del saco funcionaba, hoy en día otras son las circunstancias y el bocado sigue estando en una zona de temor.

Justo cuando escribo unas líneas sobre el poema Áureo, transito por la Carretera Central. Ante el abatimiento que produce mirar entre el retórico verde o el guardafangos de lo que va delante, he decidido extraer de la mochila mi lapto para pergeñar unas ideas de un libro que esperaba con deseo. En un reciente viaje a Matanzas, había conocido a la autora gracias a mis amigos Norge Céspedes y Alfredo Zaldívar. Días después coincidimos en la Sede Nacional de la UNEAC, y lo que Laura no sabía en ese momento era que noches antes había leído una y otra vez las páginas de Diapositivas y había señalado frases, palabras, líneas, poemas… Ahora intento mezclar en un breve texto las ideas que se suscitaron después de su lectura y los acontecimientos personales que me relacionan con el libro.

En las páginas iniciales Laura me escribió una breve y sincera dedicatoria: “Para Rubén, siempre agradeciendo su lectura y su compañía. Gracias. Un abrazo”. Debajo, con su letra, su email, para enviarle las fotos tomadas la tarde de la primera presentación en la sala Villena de la UNEAC.

Lo verdaderamente trascendente de estos poemas es que toman como punto de partida experiencias que aun son frescas en la memoria colectiva del cubano. En Vals de las hojas muertas, nos sitúa en un espacio tan poco atractivo como una tienda de ropa reciclada, donde los cubanos nos hemos armado de alguna indumentaria útil en tiempos de escasez, incluso hemos adquirido una chaqueta para mitigar el ligero frío de diciembre o un pantalón con pequeños bolsillos que recojen la esperanza y el agravio. O las pocas semejanzas históricas de las tiendas Carlos III y Obispo donde podemos buscar, anhelar, soñar,y hasta adquirirlos.

Con este cuaderno Laura Ruiz Montes mereció el Premio de Poesía Julián del Casal, que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

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