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Tiempo de virtud

Verónica Vega

Foto: Antonio Busqueta

HAVANA TIMES – Frente a la mítica heladería Coppelia hay un cartel lumínico con la imagen de Martí y la frase: “Este es tiempo de virtud y hay que fundirse en ella”.

Cuando yo era estudiante, los maestros nos decían que el socialismo que atravesaba Cuba era una fase preparatoria para la verdadera meta: el comunismo. Para ese período de nuestra historia ya se habría eliminado el dinero y la gente trabajaría por pura conciencia. Los mercados estarían bien abastecidos y el público entraría en ellos para tomar estrictamente lo que necesitara, ni más ni menos. Todo esto también gracias a su desarrollada conciencia.

Cuatro décadas después de oír esas afirmaciones, el dinero no se ha extinguido y rige no solo el intercambio material sino el estatus social. Cada nueva generación es menos idealista y más feroz que las precedentes. Herederas del desengaño de sus padres, se entrenan desde muy temprano en la doble moral y en estrategias para prosperar sin respaldo legal y evadiendo toda virtud.

Los cuentapropistas que contratan a empleados jóvenes, se quejan de su falta de ética y de disciplina. Se escandalizan de continuas acciones que denotan un egoísmo rayano en la ilógica, la falta de perspectiva objetiva para progresar en la vida.

Pero, ¿acaso no fue eso lo aprendido? Mientras nos aleccionaban de que la palabra “negocio” era sinónimo de delito, nos inducían a “desviar recursos” de los puestos de trabajo para compensar el déficit de los salarios. En lugar de estimular la iniciativa empresarial y establecer normas de protección a empleados y clientes, empujaban al pueblo a la ilegalidad que los obliga a la sumisión, al no cuestionamiento. Que le arranca la virtud para reclamar por derecho.

Por eso cuando un extranjero me dice que Cuba fue un ejemplo para el mundo, pero algo “se perdió” por el camino, lo niego con toda mi convicción.

Si fue un ejemplo es porque el mundo necesita creer en la justicia que cada sociedad busca, y que el ser humano anhela intrínsecamente. Y en esa necesidad natural se puede confundir la luz de las estrellas con la de los fuegos artificiales.

Yo nací en 1965, así que mi infancia transcurrió en medio de una efervescencia política. El adjetivo “revolucionario” reemplazó a “honesto”, a “noble”, a “virtuoso”. Por supuesto que cada cual interpretó el vocablo a su manera, pero el camino hacia el triunfo material dictaba los límites de los reclamos, por más cabales que fueran.

Ni siquiera nos dijeron que éramos testigos y objeto simultáneo de un experimento de sociedad, sino que la fórmula que seguíamos era infalible. Y mientras se cometían errores y horrores, el discurso oficial se mantenía intacto.

Con el paso del tiempo, las sucesivas crisis y la imposibilidad de emparejar la práctica con la teoría, el gobierno ha tenido que introducir algunos cambios sin reconocer nunca la magnitud de los fallos y mucho menos pedir disculpas a los agraviados.

Hoy, los hechos hablan por sí solos. El paso del huracán Irma develó un poco más la desesperación de ese cubano sin valores que saqueó establecimientos estatales inundados, o casas particulares, siguiendo el principio aprendido de “desviar recursos” porque el vandalismo, la rapacidad, la delincuencia, se han demostrado por décadas mucho menos peligrosos que la protesta civil.

El reciente y trágico accidente aéreo en Santiago de las Vegas expuso mucho más de esa rapacidad incubada para la que ni siquiera los muertos son sagrados. Los curiosos acudieron al lugar del siniestro a mirar, a robar, a filmar imágenes escalofriantes que luego se circularon por las redes alternativas con la misma falta de escrúpulos incorporada.

Después de todo, si cualquiera que proteste pacíficamente puede ser blanco de insultos, oprobios y golpes, si nos han inculcado la paranoia hasta el tuétano y lo único sagrado es la Revolución, ¿de qué nos asombramos?

Leo las palabras de Martí en el cartel frente a Coppelia, y pienso que siempre es tiempo de virtud, y cada generación tiene la responsabilidad de fusionarse en ella. Y aunque se trabaje por dinero, los salarios deben fundarse en las necesidades reales de los ciudadanos y estar en concordancia con los precios.

Ahora se habla de una ley de protección al consumidor, pero, una vez más, ¿sin aumento de salarios? ¿Sin libertades económicas? ¿Sin derechos políticos?

Los cubanos necesitan sentirse objeto de respeto, trabajando por jornales funcionales, protegidos por leyes aplicables que incluyan la libre expresión de sus ideas y el resarcimiento por daños y prejuicios. Un buen paso sería indemnizar a los familiares de las víctimas del tan mediatizado accidente aéreo. La virtud se enseña, se arraiga y se expande, con el ejemplo de la responsabilidad y el respeto.


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